La Regeneradora Experiencia del Desencanto

 

 

     A cierta altura de la vida, algunos seres humanos sienten que se ha colmado la medida de su credulidad y comienzan a cuestionarse respecto a todo o casi todo. Una vez que el mundo adquirió la dimensión de un inmenso basurero material y psiquico, aquel hombre plenamente adaptado y moldeado por el mundo ha resignado su libertad interior, la cuota parte de creatividad, indispensable creatividad, con que se pueden enfrentar y resolver los problemas. Sobre todo al adaptarse a un mundo corrupto ha resignado su poder de decisión.

     A alguien se le ha ocurrido plantear alguna vez que el mundo tal cual lo conocemos, resultado de incontables experimentos de manipulación de fuerzas y de poder personal, fue concebido por un puñado de inadaptados que se resistían al orden de los antiguos, a los ciclos siderales, a las estaciones, a los ritmos biológicos y mentales, a la armonía que cobija todo cuanto existe. Esos primeros inadaptados probablemente no lograban destacar por encima del conjunto de individuos, simples o sabios, que vivían una disciplina existencial pródiga, en complicidad con la naturaleza, el viento y las estrellas. Los negadores del orden natural, las primeras víctimas del principio pensante en ebullición, se conjuraron para tomar el control y desvirtuar la sabiduría de las edades, a fin de obtener un golpe de timón en el curso de los acontecimientos, un golpe de timòn que les proporcionara la posibilidad efectiva de mandar, de adquirir poder y así saciar su sed de venganza.

    Estas mentes oscuras, igualmente dotadas del poder de la palabra y del argumento sofístico, terminaron por impregnar a la conciencia pública con las notas desatinadas de su odio ancestral. La rebelión desmanteló un mundo de proporciones y de ley y lo sustituyó por una civilidad de reglas casuísticas y temporales, decretos y ordenanzas al paladar del nuevo espíritu corrupto prevaleciente. Un elemento esencial que disparó este cruel proceso no es otro que la experiencia íntima de la insatisfacción, de la aluvional insatisfacción de generaciones de rebeldes sin causa, ladeados, apartados del poder central, de las cortes y de los faraones, también por carecer de luz y de ciencia suficiente para encarar aquí en la tierra el proyecto vivo de la armonía de las esferas. Como natural conclusión de la rebelión generada a partir de la decadencia de las costumbres, la pérdida de referencias soteriológicas de base y el hundimiento de las civilizaciones tras intensos y extensos períodos probatorios, esta rebelión, motorizada por una mente puramente cerebral, atada fuertemente a la materia y a las circunstancias del tiempo físico, conquistó rápidamente la aquiesencia de las mayorías silenciosas, antaño leales y obedientes a la clase dirigente de hierofantes y señores de la extensión.

     Las relativamente modernas experiencias de la polis y las soluciones democráticas y clasistas acabaron por dar el perfil deseado al proyecto vivo encarnado por estos seres en crisis, vectores del desorden pero rigurosamnente amparadaos en la norma, en la regla circuinstancial, siguiendo el modelo de las necesidades y pulsiones emocionales que gobernaban sus actos e instintos. Lo instintivo cobró una relevancia mayúscula, las compulsiones e impulsos más o menos ciegos, pero imperativos, por alcanzar satisfacción, por sobre todo placer y satisfacción. La satisfacción instintiva, que se había visto postergada por edades sin cuenta, pudo liberarse de su yugo y exteriorizarse a extremos inauditos al cabo de los últimos cinco mil años. Naturalmente tales mentes cerebrales hicieron hincapié en la necesidad de materializar la vida lo más posible, de alí que la sucesión de inventos y tecnología fuera in crescendo a lo largo de este período, al extremo de constituir el actual motivo director, la novedad rampante, que hipnotiza y ceba las lenguas y mentes de los hombres.

     En los hechos, asistimos al fenómeno paradójico pero muy ilustrativo, de que los primeros insatisfechos, los rebeldes sin causa, los incapaces de recibir y diseminar la luz, relevaron a los más diestros y refinados y adquirieron el pleno control de las circunstancias, provocando el surgimiento de nuevos grupos de descontentos, de almas que elevan su mirada hacia el horizonte de los antiguos en busca de orden, de replicar las experiencias de arnonía con la naturaleza y los astros, el regreso a los ritmos naturales y mentales. Este surgimiento de un número de individuos profundamente infelices con el estado de cosas que se ha venido gestando los últimos cinco mil años, no asegura que en los hechos habrá de producirse otro cambio de timón en lo inmediato. Por el contrario, el triunfo de las mentes cerebrales, intensamente materiales, es tan grande, tan abarcador, que se hace muy difícil admitir que ese cambio de dirección mundial vaya a tener lugar, a menos que la naturaleza conspìre otra vez y provoque grandes cataclismos, barriendo con las liamas de la presente civiliización.

     Este no es más que un sumario y muy acotado resumen de la secuencia de hechos que produjeran la irrupción en escena de los nuevos descontentos, del descontento de los lúcidos, de los nuevos rebeldes, quizá con causa, rebeldes dotados de una mente no necesariamente anclada a nivel cerebral y material. La escasa masividad de los planteos y ponencias de estas generaciones de disconformes, facilita las cosas a nivel de pronóstico. Sencillamente se establecerán mayores diferencias entre los seres humanos: de un lado aproximadamente las dos terceras partes de la humanidad impuestas de las ventajas personales de la actual civilización, y, con suerte, una tercera parte impulsada a restarurar el orden perdido, el mundo que era pertenencia de los antiguos, de las armonías y las unificaciones conscientes con la naturaleza y el cosmos. Esta brecha poderosa no puede ser resuelta en poco tiempo. Al menos decenas de miles de años nos separan del surgimiento de una humanidad relevante, con muchas cumbres de pensamiento e inspiración, suficientemente numerosa en cuanto a la luz y el discernimiento como para modificar con éxito, primero sus propias vidas y luego la civilización planetaria. Parece un sueño diferido y poco idílico, de acuerdo, pero al menos es una visión adventicia de los frutos postergados del gran descontento que está haciendo estragos en las mentes y corazones de la vanguardia del género humano.

    Está claro que en la actualidad el mundo cuenta con un número de reales inadaptados, de inadaptados con fundamento, capaces de sostener y defender las críticas de un modo severo y riguroso, pero como la humanidad en su conjunto no toma en cuenta las razones de peso y sufraga por la ventaja relativa de dar libre curso a los placeres sensoriales, a la excitación y el circo existencial, tales rebeldes con causa muy lejos están de constituirse en modelos ejemplares para sus hermanos en humanidad, totalmente distanciados del polo magnético de la evolución propiamente dicha.

     Un estado saludable de la mente necesariamente requiere de un sacudón, de una fuerte vivencia de desencanto y posteriormente de una asunción de los hechos reflexiva y no complaciente. Nadie que se precie de contar con una cierta capacidad de juicio propio puede aprobar a tabla rasa las modulaciones que ha adoptado el fenómeno societario a expensas del sentido común, de las correctas relaciones humanas y del equilibrio ambiental. La dramática cadena de despropósitos casi deportivos que jalonan las decisiones de los políticos profesionales y sus adláteres en cualquier campo del poder organizado, la sucia película de impureza y mediocridad quer empasta la vida en el mundo, han de forzar a más y más unidades humanas insatisfechas a hacer uso del desencanto para promover acciones transformadoras. Este hecho, el poder que late en el desencanto, en el desencanto respecto a uno mismo y a sus conductas y al mundo en general, es un factor detonante  a la hora de esperanzarnos con un cambio de orientación en la vida de relación en este planeta. Sólo cuando el desencanto, la frustración emanada del desencanto, cale hondo en nuestras conciencias y anhelemos con todas nuestras fuerzas alinearnos con el intuido orden que fundamenta la naturaleza y la vida, sólo entonces habrá esperanza cierta de redención.

     La inadaptación respecto a los predicamentos y políticas sociales y culturales sin base racional, meramente empíricas u oportunistas, es una saludable señal de una buena condición sanitaria. Buena salud moral y mental que se encuentra casi ausente de los modelos relacionales vigentes entre los individuos y las naciones, en el marco de una oleada de promociones hedonistas y desenfrenadas a lo largo y ancho del planeta. Alguien que goza de buena salud moral e intelectual sospecha, desconfía de las adormideras, del opio de la cultura dominante, intenta evadirse por medio de la adopción de formas de vivir y pensar más afines al oden presentido por debajo de las formas materiales de vida, de la sinergia de fuerzas concurrentes en cada fenómeno vivo. A menos que nos movamos incómodamente en este piélago de desperdicios psíquicos en que se ha convertido la vida en el mundo, no podremos intentar deshacernos de la contagiosa y desdichada, viscosa película de hedonismo y desenfreno, falta de buena voluntad y profundo y acendrado egoísmo y personalismo. Resistir ante los embates furiosos de la laxa moral dominante es un imperativo categórico de nuestros tiempos. Lo importante es resistir pero no por medio de la violencia o la irritación, sino precisamente adoptando modalidades pacíficas y nobles, arraigadas hondamente en nuestra conciencia, como una necesidad visceral que debe ser satisfecha con nuestra propia vida.

     Por encima de cualquier abordaje metodológico para dar cauce a este descontento, se trata de que la propia naturaleza del descontento sirva de ejemplo, particularmente para no incurrir en las mismas modalidades y prácticas que esgrimen los que detentan el poder cultural y civilizatorio. De ninguna manera procede que un inadaptado hasta las raíces tome para si las consignas violentistas e írritas de los gestores y gerentes del proyecto planetario dominante. De incurrir en ese dramático error pues el conflicto y la controversia sustituirían de por vida la posibilidad cierta de luz, de que un  rayo de luz atraviese la niebla cerrada del error en que hemos caído como proyecto humano. Si una hendija de luz de buena calidad penetra la bruma oscura de nuestras pasiones campeantes, posiblemente los iluminados asuman una conducta diferente a la laudada y consagrada por milenios de muerte, sangre y dolor. Es preciso apelar a la más honda claridad, a la interioridad en estado puro a fin de evitar desenlaces nefastos e indefinidos, que sólo mantendrían en primer plano la corte del error y del diletantismo materialista. Para que el imperio de las imágenes y del pavoneo públíco y privado caigan, se requiere coraje, la suprema valentía de pensar, sentir y obrar en linea con la luz interior. De lo contrario, ninguna esperanza podrá cambiar el estado de situación presente y no avanzaremos hacia ninguna parte, condenando a las futuras generaciones de descontentos al exilio psíquico, a la marginalidad existencial, y deplorablememnte a la adopción de conductas aviesas, retorcidas y muy distantes de los medios legítimos y competentes para superar la actual postración. Una limpieza profunda de cada una de las mentes, de cada uno de los corazones de los descontentos, de los indignados, se vuelve perentoria, a fin de extraer del plano más íntimo la inspiración y el temple requeridos para hacer frente a esta libérrima necesidad de paz, de cordura, de luz y de sensatez.

       Sentirse profunda, visceralmente inadaptado en este mundo de mafias de todo orden, es un índice positivo y alentador. El descontento, respecto a nosotros mismos, tanto tiempo embarcados en modalidades de pensar y de actuar egoístas y reduccionistas, debe ser el primer paso. Un profundo descontento sobre nosotros mismos, respecto a nuestras vidas, a la mediocridad dominante, a la carencia de creatividad y de luz, es algo completamente necesario en el primer nivel del cambio: el darse cuenta, el apercibirse de los errores en nuestra vida de un modo radical. Sin esta aventura autoconsciente, sin esta recapitulación y asunción de conciencia, muy azarosamente puede devenir un cambio significativo en nuestras vidas y por natural consecuencia en las vidas de otras tantas personas. Como siempre, como fuera dicho una y otra vez por las mujeres y hombres genuinamente desarrollados, urge comenzar cerca, en el punto donde nos encontramos, antes de aventurarnos más lejos, en la región de la ciega y crédula utopía.

     Tras el crepúsculo y la noche más cerrada, tras la muerte moral, tras el eclipsamiento de la luz, la luz ha de resurgir y esta realidad propia de los ciclos de la naturaleza ha de ser vivida como un nuevo nacimiento, como una regeneración. Precisamente el poder oculto en la experiencia del desencanto, del desencanto continuo, es la capacidad de rehacer las cosas, de dejar morir lo viejo y caduco, lo erróneo, para que cobre vida, para que nazca una fase diferente la de existencia, una fase del experimento planetario en que los valores superiores y la más precisa percepción de lo real, prevalezcan sobre el espejismo y el glamour masivos. La experiencia regeneradora que puede surgir de la crisis suscitada por el desencanto más profundo es eso, una semilla rompiente que habrá de brotar y dar forma a una nueva realidad, diversa y armonizada con lo que genuinamente nos animamos a llamar, conciencia. Conciencia, el triunfo de la conciencia sobre las brumas de la emotividad pasional, es la promesa de vida que puede alentar a los zapadores, a los que intentan el cambio comenzando por ellos mismos. Ganar en conciencia, despertar a una nueva conciencia es el nuevo nacimiento que habrá de tener lugar. Renacer con una dotación de aptitudes y cualidades que sólo pueden surgir tras la noche más oscura del alma, individual y colectiva, en el largo camino de regreso a las fuentes, a las aguas límpidas que bañan la morada de la paz.

      La vitalidad y el movimiento perpetuo que presiden los hechos en el escenario de la existencia abonan el terreno para que esa semilla enterrada profundamente por el terror y la ignominia, rompa y abra, dando lugar a una nueva vida, a una vida más amplia, a una nueva conciencia, a un poder trascendente que sólo puede provenir de aquella naturaleza escondida, inmanente, que es la señal, el faro en la noche del camino, y que ilumina a los indignados, a los descontentos, con la marca pionera del despertar interior.

Autor: Manuel Arduino Pavón

Texto perteneciente a: La Regeneradora Experiencia del Desencanto

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Manuel Arduino Pavón

 

By | 2017-11-12T16:35:58+00:00 noviembre 12th, 2017|Ensayos Alféizar|0 Comments

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