Los Crímenes del Silencio

Me despertó un trueno que retumbó debajo de mi cama. Amapola también vio interrumpido su sueño, quizás por algún sacudón inconsciente que hice ya que ella estaba ovillada en medio de mis pies. El agua golpeaba con fuerza el ventanal, miré el reloj, faltaban diez minutos para las nueve. Después de remolonear un rato me levanté y fui a buscar la tarjeta de Charlie Whitaker que estaba en el bolsillo de mi chaqueta. Bajé por la escalera esquivando el paso zigzagueante de Amapola.

—¿No tienes más comida? —le pregunté fastidiado por lo cargosa que resultaba.

Por un instante olvidé que ella también estaría sintiendo la ausencia de Jean Paul y que yo sería su única referencia humana en el apartamento. Fui hasta el teléfono para llamar a Charlie y la gata más pesada se puso, ¿qué estaría buscando? Se dirigió a la cocina sin quitarme la vista con su cola erguida como diciendo “sígueme”. Fui tras de ella, se paró delante del refrigerador, abrí la puerta y encontré el cartón de leche. Amagué agarrarlo y Amapola maulló y seguido largó un ronroneo mientras se refregaba por mis pantuflas. Estaba claro; quería su leche. Agarré el tazón de plástico con el agua, lo vacié y lavé, volqué en él un buen chorro de leche y se lo dejé junto al pienso. Ella se había hecho entender muy bien, ahí estaba levantando sorbos de leche con la lengua mientras se remojaban sus bigotes. Ahora sí podría hablar con Charlie tranquilamente.

—¿Charlie?, buen día. Estanislao te habla.

—Buen día, ¡qué difícil es encontrarlo!, ¿es que usted no tiene un teléfono móvil?

—No, detesto que me encuentren —rió.

—Le dejé un mensaje porque pensé que le interesaría saber que dimos con el asesino de Jean Paul.

—¡Caramba!, qué rapidez, ¿me dirá algo más?

—Sí, claro. El hijo de puta que terminó con la vida de nuestro amigo se llamaba Claude De Rais, un chapero muy conocido.

—Y… disculpe. ¿Qué más sabe?

—Que se ahorcó en la azotea del edificio donde vivía, quedó suspendido por el lazo que aseguró en una chimenea. Los vecinos encontraron el cuerpo bambaleándose pendiendo de la cornisa. ¡Un espectáculo horrible!

—Y, ¿cómo se lo vinculó a la muerte de Jean Paul?

—Antes de suicidarse dejó una declaración por escrito donde se hizo cargo del asesinato de Jean Paul con detalles que sólo el asesino podría saber.

—¿Cómo cuales?, y disculpe mí curiosidad.

—Describió el lugar del hecho, el calibre del arma que coincide con la de él que, para despejar cualquier duda, la dejó junto a la carta donde además explicó el móvil.

—Y, ¿cuál fue ese móvil?

—Bueno, Jean Paul era…

—Esa parte no me interesa.

—Entiendo. Claude De Rais mantenía una relación íntima con Jean Paul y lo extorsionaba para guardar reserva de la misma y de otras tantas relaciones que nuestro amigo mantenía con algunos personajes que, de haber tomado estado público, complicarían no sólo Jean Paul sino a otras personas muy conocidas en la ciudad, gente pública, ¿usted entiende?

—Me imagino; entonces, ¿se sabía la actividad de Claude De Rais y sus fechorías?

—La policía de Nueva Orleans lo tenía fichado y bajo vigilancia.

—Y…

—Y, sí.

—Demasiado trabajo como para prevenir.

—Digamos que ese es el motivo por el cuál no se actuó antes. Bueno… por esto lo llamaba.

—Se lo agradezco; al menos un caso está resuelto —nos despedimos y él volvió a recordarme que lo llamara si tenía novedades sobre la muerte de Fontaine.

¿Suicidio de un chapero arrepentido?, me resultaba extraño y además dejaba una declaración detallada por escrito, algo así como un “sincericidio”. Era raro, muy raro. Desde la cocina escuché maullar a Amapola, ¿y ahora qué quería? Fui y ahí estaba, parada junto a la ventana con su mirada extraviada como reclamándome algo y le entendí de inmediato. Corrí la hoja de la ventana y salió como perseguida por diez perros. Dejé sin cerrar la ventana no sea que volviera y no pudiera entrar. Fui a llamar a Mónica suponiendo que me daría la misma noticia que acababa de brindarme Charlie.

—Buen día Mónica.

—Don Estanislao… disculpe que le dejara una nota por debajo de la puerta, es que usted no me dejó su teléfono móvil —¿por qué todo el mundo se empecina en que debo tener un móvil?

—No tengo Mónica, no tengo.

—¿Qué raro? Bueno, lo andaba buscando porque lo llamó Andrea.

—¿Sí?, ¡gracias! Ya me pongo en contacto con ella.

—Tenga en cuenta la diferencia horaria.

—Claro, descuida, luego pasaré por la oficina a verte. ¡Muchas gracias!

—Otra cosa más, ¿llamó el señor Charlie Whitaker?

—¿Por lo del asesino de Jean Paul?

—¡Sí!

—Gracias Mónica, acabo de hablar con él; nos vemos luego.

Me tomé un tiempo para ir al baño, lavarme y cambiarme antes de llamar a Andrea. Fui a la cocina me preparé un café y, ya listo, hice el llamado.

—Estanislao… ¡Qué alegría escucharlo!

—Me acaba de llamar Mónica Lewinson de la oficina de Jean Paul diciéndome que ayer me has llamado.

—Tuve que llamarla a ella porque usted sigue encaprichado con no tener un móvil.

—¿Puedes dejar eso ya? —más insistían menos ganas me daban de tenerlo.

—Lo andaba buscando… supongo que ahora las cosas están mucho más claras por ahí, ¿verdad?

—No te entiendo, Andrea.

—Es que he leído en El País que el análisis del ADN de los restos hallados debajo de las uñas de Fontaine arrojó la pista de un posible asesino.

—Disculpa pero sigo sin entenderte.

—En el periódico salió un artículo que habla de la existencia de rastros de ADN de otra persona, ¿qué es lo que no entiende?

—Ya, mujer, ya… ahora entiendo —¡mentira!, no entendía nada y no estaba dispuesto a decírselo, ¿cómo podía saber más ella desde Salamanca qué yo?—. Sí, todo más claro. Dime, ¿cómo están las cosas por ahí?

—Bien Estanislao, descuide que aquí está todo bajo control —más quisiera yo que así fuera —Ahora que está todo resuelto, ¿cuándo estará por aquí?

—Bueno, déjame coordinar algunas cosas, ya te estaré llamando para avisarte.

Mientras mascullaba lo que acababa de enterarme subí al cuarto de Jean Paul a buscar la foto que anoche había encontrado con al ayuda de Amapola. Sentí la necesidad de confirmar si la persona que estaba en la foto junto a Jean Paul era Claude De Rais, quizás era mi instinto que me lo reclamaba. La única persona que me podía ayudar para tratar de identificar a ese individuo era Mónica.

La noticia del resultado del análisis del ADN de los restos encontrados debajo de las uñas de Fontaine me lo había adelantado Jean Paul, recordé que en el dossier que él me dio no estaba archivado el informe. Por otra parte, Charlie, durante nuestra última comunicación, no me comentó nada sobre la existencia del ADN de un sospechoso como nueva pista. Entonces… no podía entender cómo fue que Andrea se enteró y ¡leyendo El País! Las cosas no cuadraban.

Visita la página del autor: Néstor Rubén Giménez

Texto perteneciente a la novela: Los Crímenes del Silencio

By | 2017-11-20T15:29:31+00:00 noviembre 20th, 2017|Novelas Alféizar|0 Comments

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