La luz de mi propia sombra

Nunca fui de leer demasiadas revistas, quizá porque ese era el único vicio conocido de mi madre, ir los lunes a comprar las novedades recién llegadas al kiosko. Durante toda mi infancia la vi leer artículos de cómo educarme y cuando crecí o quizá cuando se dio por vencida de intentar seguir esos consejos, comenzó a comprar revistas del corazón, de amores que ella nunca viviría, casas en las que ni siquiera llegaría a limpiar, en fin, era un mundo de famosos extraño para ella, pero gracias a estas revistas encontró un tema de conversación con la abuela sin discutir. Las leían cada una en su sillón y comentarlas les ocupaba toda la semana hasta el lunes siguiente. Admito que yo también las ojeaba, pero ver aquellas mujeres con aquellos cuerpos esbeltos y marcados por el ejercicio me producía mucha hambre.

El bocadillo de Nocilla para merendar era un ritual en mi vida. Muchas veces pensé en intentar prescindir de él, en cambiarlo quizá por fruta, pero los días que lo hice me quedaba un agujero dentro, no de hambre, si no de pensar que me estaba perdiendo algo.

Hubo pocas tardes que no merendase y siempre fue porque venía disgustada a causa de Miranda.

−No la entiendo, todo lo que hago le parece mal…

−Es que no hay nada que entender, decía la abuela. No le des más vueltas, deja el tiempo pasar.

Otra vez más el tiempo era el aliado de la abuela.

Lo que yo quería contar, es que nunca fui de bajar al kiosko corriendo a comprar revistas, pero desde que Miranda decidió inmortalizarme en sus capítulos, iba todos los miércoles a comprar la revista, lo que me servía para conversar con mi madre unos dos días, luego ya no daba para más. Mi madre, quien se empeñaba en comentarlo a las ocho de la mañana, lo pasaba genial leyendo el folletín. Es graciosísima esta chica, inventa como le da la gana, pero la verdad que tu personaje es muy simpático, Helena. Lo cierto es que lo que ella creía que era falso, como mis inseguridades y meteduras de pata en el instituto, en verdad eran reales. Lo pasó estupendo hasta más o menos el capítulo cuarto que empezó a hablar de ella y su relación con Pepón, el minero revolucionario del pueblo, como lo llamó. La abuela ya no está con nosotras, porque si lo estuviera se revolvería en su sillón y estoy segura que hasta decidiría levantarse para ir a buscar a Miranda y agarrarla de las orejas.

Lo que pensó mi madre no estoy segura, pero durante dos días tras leerse en la historia, no me llamó por la mañana. A mí me hizo mucho daño porque vi violada la confianza de mi marido. Estas historias tan personales solo las sabía Rodo, y por lo que podía leer, se lo había contado a Miranda. A mi madre recordar a Pepón la revolvió por dentro. Pensar que toda nuestra privacidad estaba siendo escrita era doloroso.

Lo único feo que tenía aquel hombre para mí era su nombre. Me sonaba a grandón, a torpe. Pero la verdad es que aunque era bastante grande, mi madre era una enana a su lado, le llegaba mucho más abajo del hombro, de tonto no tenía nada. Mediría un metro noventa, con un cuerpo musculado de trabajar sin descanso en la mina y de sus caminatas por el monte. Le gustaba la naturaleza y le gustaba cuidarse. −Tengo que compensar las cervezas diarias con algo de ejercicio o acabaré panzón como los jefes de la mina, Helenita. Vivía en una especie de casa-cabaña, solo tardaba en ir a trabajar unos diez minutos. Su compañía eran cuatro ovejas y el perro que las cuidaba, Patrón. No era mastín ni pastor alemán, era el fruto de un escarceo entre razas mezcladas durante generaciones. Pepón reía a carcajadas cuando contaba que al llamar al perro por su nombre practicaba para decir patrón en la mina sin que se le notase el asco.

Un sábado Patrón se enzarzó en una pelea, imaginamos que con un jabalí, o quizá con otro perro territorial, el caso es que quedó maltrecho y como el veterinario del pueblo no estaba localizado los fines de semana, Pepón se presentó en casa de Salus con el perro cargado al hombro. Las gotas de sudor le corrían por todo el rostro, pesaría unos cincuenta kilos, pero lo que me impresionó fue cuando días después el médico comentó que Pepón no sudaba de agotamiento, si no de miedo a que el animal sufriese. Aquellas palabras me quedaron grabadas.

−¡No me fastidies! Yo no sé nada de chuchos… ¿qué quieres que haga?

Empujó la puerta de la casa de una patada, con una mirada silenció a Enedina que ya estaba protestando porque no quería bichos dentro, como les decía siempre a sus hijas. Con su presencia acalló a todas las pequeñas, incluso a la que lloraba exigiendo teta. La curiosidad fue superior a ellas y cerraron un círculo en torno a él pero sin acercarse mucho por si aquel gigante se enfadaba. Mi madre corrió limpiándose las manos en el delantal a decirle que no posase el perro en la alfombra, pero también sufrió la descarga de los ojos de Pepón. No había nada en el mundo en aquel momento que le importase más que su compañero.

Por aquella época mi madre y él ya se habían distanciado a ojos de los demás.

−Quítale el dolor, Salus -fueron palabras dichas con su vozarrón, pero sonaron a súplica.

Mi madre y Enedina intentaban sacar a las niñas de allí, casi a empujones porque se negaban a irse y volvían a entrar por otra puerta, el magnetismo de Pepón preocupado era contagioso. Salus podía ser un héroe para sus hijas o un cobarde, como lo fue con la mano de su amigo.

Más que el empujón que le propinó Pepón, lo que le decidió a actuar fue que todas sus princesas le miraban fijamente.

−Sácalas de aquí, Enedina −Salus enloqueció −¿Estás loco? ¿Qué pretendes trayendo este moribundo perro a mi casa, delante de mi mujer y de mis hijas? ¿Quién te has creído…?

No pudo acabar la frase porque con la mano de la cicatriz le agarró por el cuello, apretó, quizá demasiado porque su íntimo amigo empezó a palidecer y en un susurro, difícil para Pepón que su tono de voz era siempre por encima del resto, le hizo saber que si de verdad el perro estaba moribundo, nada perdía con quitarle el dolor. Intentar explicarle que él no tenía ni idea de cómo podían afectar los fármacos humanos a ese animal era una pérdida de tiempo. Agarró el maletín que escondía para que sus hijas no husmeasen y cargó una jeringa del mismo calmante que le suministraba a él cuando el dolor de su mano era insoportable. Calculó mentalmente la cantidad adecuada al peso, por favor Señor, si existes, échame una mano, no puedo fallar otra vez con el mismo hombre.

−No sé, amigo, no sé qué puede pasar, tengo dudas…

Le arrebató la jeringa y se la inyectó él mismo a Patrón. Solo un suspiro salió de su boca, un leve gemido por el pinchazo. Salus ya había cargado otra de antibiótico que esta vez le puso él mismo. El doctor se arrodilló en el suelo con ellos. Observó a su amigo de reojo y lo admiró. Cuanto más tiempo pasaba a su lado más lo apreciaba. Era el hombre más valiente que conocía y también el más humano.

Enedina irrumpió en el salón seguida por mi madre a cuatro pasos. Jamás debió haber levantado la voz para decir que ya se estaba llevando al chucho sarnoso fuera de su alfombra, nunca debió tensar tanto la cuerda. Pepón incorporó su cuerpo de gigante, se dio la vuelta y la miró unos segundos, volvió a arrodillarse para cargar con el perro y entonces Salus hizo honor a todo lo que su amigo veía en él, esa buena persona que es capaz de imponerse a las injusticias y apoyar a un amigo ante su esposa.

−¡No! Deja el animal donde está −en tres zancadas se plantó ante Enedina con la determinación que mi madre no le conocía pero que Pepón le aseguraba que tenía. Bajó la voz para preguntarle si le importaba más una alfombra de mierda que los sentimientos de su mejor amigo.

A Enedina se le nublaron los ojos, bajó la vista al suelo y salió del salón creyendo mi madre que se iba a llorar, pero no, también hizo gala de saber rectificar y volvió con un cuenco de agua, vetadine para las heridas y paños para limpiarlas. Se arrodilló junto a ellos en el suelo, se remangó las mangas de la camisa y le pidió perdón al hombre que tenía los ojos más nublados que ella, pero de dolor.

−Perdóname, Pepón, no sé lo que digo, a veces me vuelvo tonta −tímidamente le agarró la mano y él se la apretó.

Todos se sintieron peores personas ante aquel hombre que aun sufriendo sabía perdonar. Mi madre se vio ridícula allí de pie mientras todos rodeaban al perro en el suelo y decidió irse restregando las manos contra el delantal.

El perro sintió un alivio casi inmediato y tímidamente comenzó a mover el rabo. Pepón le besó, le acarició y con sus sonoras carcajadas las niñas y yo que estábamos sentadas en la escalera al piso superior, supimos que todo marchaba bien y comenzamos a aplaudir. La felicidad de él era contagiosa para todos, era un talismán de optimismo y buena suerte. A Enedina le caían lágrimas mientras le susurraba palabras cariñosas a Patrón a la oreja, tenía todo el vestido manchado de sangre, pero no le importaba en absoluto, fue el momento más cándido y humano que mi madre recuerda de su jefa. Su marido Salus la miraba sintiéndose orgulloso de ella, manchada, sucia, cercana al sufrimiento, recordó por qué se había enamorado. Todos estaban felices y habían descubierto algo de sí mismos que desconocían salvo mi madre que se sentía inútil.

−Nos gusta mucho vuestra compañía, pero Patrón y yo necesitamos intimidad, así que nos vamos a nuestro palacio -le guiñó un ojo a Enedina y cogió las inyecciones que le daba Salus, por si acaso, que la noche es muy larga, amigo.

Cargó con el peso del animal a la espalda, que ya no se dejaba llevar, pretendía caminar por sí mismo, pero no se lo iba a consentir, era muy pronto aún.

Esa noche nadie se percató de que mi madre se había ido antes de su hora de la casa. El matrimonio estaba tan contento, tan unido, con las niñas revoloteando alrededor de su padre que era un héroe, que no pensaron en la asistenta para nada. Amparada por la oscuridad tras unos arbustos, mi madre esperó que Pepón y Patrón salieran para poder seguirlos hasta la cabaña. Ella nunca había estado allí, no sabía ir y no podía permitirse el lujo de que nadie la viese entrar con él a su casa o sufriría su reputación. Constantemente se debatía entre lo que deseaba y lo que temía.

Picó a la puerta con los nervios a flor de piel y cuando él abrió se lanzó a sus brazos.

−Pero bueno… ¿qué te pasa, pequeña?

Ella también quería formar parte de su vida, de sus penas y sus alegrías, pero no podía, públicamente no podía permitírselo.

Llegó muy tarde a casa, la abuela se acomodaba una y otra vez en su sillón, se revolvía inquieta con los pies rozando el suelo, hacia adelante, hacia atrás, una y otra vez sin dejarme dormir. Las paredes eran finas y mi curiosidad enorme, por lo que me enteré de todo y lo que no supe lo imaginé.

La abuela se enfadó muchísimo de que hubiese ido a su casa. Era solo un perro, muchacha, te juegas tu reputación y la de tu hija por un perro.

−Era más que eso, abuela, eran sus sentimientos y los míos −¿de qué hablaría mi madre? ¿Qué querría decir con eso? ¿Y por qué la abuela la reñía por estar manchada, vendría acaso muy sucia? Que más daba eso si era mi madre quién lavaba la ropa.

Al día siguiente pregunté si el perro estaba mejor y las dos me miraron sorprendidas, ¿pensaban que yo no oía nada? Les dije que yo también quería ir a verlo a su casa, pero que no se preocupasen que prometía no mancharme para que no me riñesen.

−Ya lo veía yo venir, ¿ves? Mira lo que le has metido en la cabeza a tu hija.

Mi madre agitó su corta melena en un gesto sin importancia y me pasó el brazo por los hombros, casi de puntillas porque ya no llegaba.

Salimos de la cocina y la abuela seguía hablando de manchas y suciedad, qué ¡perreta había cogido con eso!

Acababa de cumplir trece años, mi cintura no se estrechaba y no daba el estirón, pero mi cabeza iba entendiendo cada vez más cosas y durante unos días Miranda, Rodo y todo el instituto dejó de tener importancia para mí. Pensaba y pensaba dándole vueltas a ideas para poder ir a ver al perro de Pepón. Hacía días que no lo veía porque estaba cuidando de él y por eso no venía a buscarme al colegio ningún día. ¿Qué clase de amiga era yo si ni siquiera podía preguntar cómo estaba su compañero? Me costó decidirme, el riesgo era alto, pero lo valoré y decidí aceptarlo. Falsifiqué una nota de mi madre para poder salir de clase dos horas antes, justo para llegar al final del turno de mañana en la mina, esconderme y atisbar a Pepón camino a su casa. Si me veía, me devolvería a mi casa o al colegio, no se chivaría pero no me dejaría acompañarle, así que me escondí y debí hacerlo muy bien porque nadie se dio cuenta de una niña agazapada a la puerta de la mina. Por fin le vi, cuando mis nervios ya me estaban empujando a abortar el plan y confesar a madre mi locura, oí su risa feliz, sus carcajadas bromeando con los compañeros, los puñetazos amistosos y el apretón de manos, hasta mañana, compañeros.

Visita la página de la autora: Aida Sandoval

Texto perteneciente a la novela: La Luz de mi Propia Sombra

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Aida Sandoval

By | 2017-11-28T11:02:04+00:00 noviembre 28th, 2017|Novelas Alféizar|0 Comments

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