Dame tu Corazón

Ellen observó desde el suelo cómo la recortada sombra de su asesino se alejaba. Cuando llegó a la esquina del callejón, aquel tipo espigado se detuvo y, tras girarse, le lanzó una mirada con sabor a despedida. Hizo un leve gesto con la cabeza y un segundo más tarde se perdió entre las sombras. Ella lo vio hundirse en la negrura mientras seguía allí tirada en el suelo de su terraza. La persistente lluvia golpeaba con fuerza todo su cuerpo. Poco a poco fue notando cómo las fuerzas la abandonaban. Intentó hacer un esfuerzo por levantarse pero apenas consiguió mover su mano izquierda unos centímetros. Cada músculo, cada sentido y cada célula iban disminuyendo su intensidad, cansados ante tanta desgracia. Por las heridas que la había infligido aquel enorme cuchillo de cocina, su sangre seguía fluyendo de manera lenta e inexorable. Poco a poco, el dolor comenzó a desaparecer. Ellen sabía que eso no era buena señal. Hizo un último intento por alcanzar su bolso y, aunque estaba apenas a medio metro, no pudo ni siquiera llegar a acercarse. El esfuerzo le resultó del todo inútil. Su cuerpo iba perdiendo cada vez más sensibilidad y su vista se nublaba. Instantes antes de perder la conciencia escuchó el ruido amortiguado y lejano de las sirenas. Una dulce calidez la fue embargando con la suavidad que una madre envuelve a su bebé después de darle un baño. Su niño. Su pequeño. Llevaba tanto tiempo deseando estar en paz que, a pesar del obstinado deseo de su alma de seguir luchando, su cuerpo se dejó llevar, sumergiéndola en un profundo sueño del que ya nunca jamás iba a despertar.

El agudo zumbido del busca resonaba todavía en su cabeza. Sobresaltado, Peter se despertó y se levantó de la litera de su despacho al tiempo que estiraba sus brazos. Miró el reloj de su teléfono móvil. Las 04:15 de la madrugada. Perfecto, un aviso justo en medio de la noche. Miró la extensión con desgana. Urgencias. Levantó el auricular con pesadez y marcó el número. Y tras dar un par de tonos alguien descolgó.
-Urgencias, dígame -respondió una sensual voz femenina.
-Hola, soy el doctor Peter Tenway, el anestesista de guardia. He recibido un aviso de urgencias. ¿Qué sucede?
-Buenas noches, doctor Tenway. Nos han avisado que viene hacia aquí una mujer con heridas de arma blanca. El cirujano de guardia, el doctor Melvin, me pidió que le avisase. La ambulancia estará aquí en unos 20 minutos -contestó la voz.
-Gracias. Ahora mismo bajo.
Se asomó por la ventana. Llovía a mares. Era noche de estar en casa acurrucado en el sofá debajo de varias capas de mantas, no dando cuchilladas a diestro y siniestro. Resignado, se fue con parsimonia hacia la máquina de café. La noche iba a ser larga. Cogió el fonendoscopio que colgaba del perchero, se lo puso alrededor del hombro y se encaminó a urgencias con el humeante vaso de oro negro en su mano.
Nada más llegar se acercó al mostrador y vio a la enfermera con la que probablemente había hablado. Ella le acercó el historial que había podido recuperar de la paciente. Había imprimido un breve resumen que elaboraba el nuevo programa informático que habían instalado en todo el hospital. El Estado de Maine se había gastado recientemente la nada desdeñable cantidad de 100 millones de dólares en conectar toda la red sanitaria del territorio, tanto pública como privada, mediante el portal RESLIAS. Una de las múltiples novedades era que se había incluido una herramienta en la nueva interfaz que preparaba en segundos un resumen de la historia clínica del paciente. A Peter no le gustaba demasiado en términos del derecho a la privacidad pero debía reconocer que era una aplicación muy útil para los casos de urgencia. Y este caso sin duda lo era.
Se sentó en el destartalado sillón de la sala de estar y abrió el dossier. Ellen Cistar, 39 años. Sin enfermedades importantes ni alergias. Peso dentro de los valores normales. Sin antecedentes quirúrgicos. Nada relevante. Comprobó satisfecho que no había ninguna complicación potencial desde el punto de vista anestésico. Pero, justo cuando iba a cerrarlo, observó una pequeña anotación en el margen inferior. “Falta historial psiquiátrico Hospital St. Joseph”. Aquello le hizo fruncir el ceño.
-¿Rosanne, verdad? -preguntó Peter mirando la dorada chapa que colgaba reluciente en el uniforme de la enfermera -¿Podría intentar recuperar el historial psiquiátrico de la paciente? Estuvo ingresada en el hospital St. Joseph. El caso es que todavía no me manejo excesivamente bien con el nuevo programa -pidió Peter luciendo su mejor sonrisa.
La enfermera, entre resignada y halagada, suspiró y se fue hacia el ordenador. Después de sentarse empezó a teclear y, dos minutos después, se acercó a Peter con cierta sorpresa reflejada en su rostro mientras no dejaba de observar un folio recién imprimido.
-Esto es muy extraño.
-¿Qué exactamente? -preguntó Peter curioso.
-Los datos de la paciente están en la ficha pero el resto de información sobre ingresos, medicación, tratamiento o enfermedades no aparecen por ningún lado.
-¿A qué se refiere?
-Sí. Es bastante raro porque estas páginas del final del informe están debidamente cumplimentadas pero no así las centrales que se refieren al historial médico.
-¿Y por qué resulta eso tan extraño?
La enfermera le miró y puso los ojos en blanco mientras suspiraba.
-¿Que por qué es extraño? Tantos años de universidad para acabar enseñando informática a las cuatro de la mañana. En fin. Doctor Tenway, RESLIAS se supone que es un programa estanco, es decir, que no te deja cumplimentar una página si no lo está debidamente la anterior. Nadie debería haber podido rellenar las últimas páginas sin hacerlo con las que faltan. Así que, o bien es un error o han sido borradas.
-¿Borradas? -inquirió Peter sorprendido.
-No sería tan extraño. He visto colegas suyos borrando u obviando datos de un paciente en alguna situación determinada con el fin de esconder algún tipo de negligencia, por ejemplo. Algunos han llegado incluso a perder parte o la totalidad de un historial completo. No es algo muy habitual pero a veces sucede. Usted lo sabe, doctor Tenway.
-No creo que nadie se entretenga en borrar historias de una base de datos informática. No estamos en una película de intriga, Rosanne. Supongo que será algún tipo de error informático. ¿Sería tan amable de llamar a St. Joseph y pedirle al psiquiatra de guardia que nos elabore un breve resumen general y lo envié por fax de manera urgente? -pidió Peter, y ante la mirada de hastío de la enfermera, prosiguió-. Es importante para mi saber sí tomó drogas, qué cantidad, tipo y dosis. Esos datos son vitales de cara a una anestesia y más en casos de urgencias. Pueden afectar de manera importante a la vida de la paciente.
La enfermera resopló, miró la cara de cordero camino del matadero que le puso Peter y sonrió.
-Llamaré directamente a urgencias del hospital. Conozco un par de compañeras de la universidad que trabajan allí. A ver si están de turno y pueden hacer algo -dijo la enfermera mientras, resignada, se giraba e iba hacia el teléfono.
-Gracias, Rosanne -dijo Peter con amabilidad.
Mientras, Peter entró en el quirófano. Revisó con cuidado el respirador y el laringoscopio, comprobando que la aspiración funcionaba de manera correcta y que tenía existencias de todos los elementos que podía necesitar. No sabía con lo que se podía encontrar y le gustaba estar preparado. Habló con el personal del quirófano que estaba preparando la medicación y el resto de equipos. Cuando lo tuvieron todo listo y se iba a sentar a esperar, Rosanne asomó la cabeza por la puerta lateral del lavamanos y siseó a Peter. Este se giró y fue hacia ella.
-He encontrado a una de las compañeras de las que le hable. Justamente hoy también hace turno de noche -dijo la enfermera–. Ha sido una dura negociación. Me ha costado un par de copas en el Sunset Club para el próximo sábado y una entrada de cine para el estreno de la última película de Brad Pitt. Luego ha bajado al archivo en busca de la historia de la paciente. La ha encontrado y no hay nada -terminó de decir.
-¿Cómo que no hay nada?
-Absolutamente nada. La carpeta estaba en su archivador pero dentro no había ni un solo papel -respondió la enfermera-. Fue a ver al psiquiatra de guardia y éste le dijo que no sabía nada de la paciente. Parece que sólo lleva dos meses en la institución. Si no necesita nada más, me voy. Ya me ha salido usted bastante caro para una noche, doctor Tenway.
-Gracias, Rosanne, y por cierto, no se preocupe. Estaré encantado de pagarle esas copas. Y también las entradas de cine -comentó Peter mientras volvía a entrar en el quirófano un tanto pensativo.
Un minuto más tarde, un estridente timbre le sacó de su ensoñamiento. Aunque carecía de una información importante para hacer su trabajo, la paciente no podía esperar. Tendría que ir a ciegas y eso era algo que a Peter lo ponía enfermo. Salió del quirófano y fue a recibir a la paciente. Todo el equipo estaba delante de la doble puerta de cristal mientras la ambulancia entraba dando marcha atrás. Se detuvo y los técnicos se bajaron, abriendo la portezuela. “Empieza el baile”, pensó Peter. Unos segundos después corrían a toda prisa por los pasillos guiando la camilla con dirección al quirófano. El médico de la ambulancia iba cantando datos médicos a Peter, que los anotaba mentalmente. Tenía al menos tres heridas por arma blanca. Las dos primeras transversales, en las muñecas, que habían dejado prácticamente de sangrar y otra, más profunda, en el abdomen, de la que brotaba de manera continua un hilo de sangre muy oscura. Era probablemente hepática. Necesitaba cirugía urgente o entraría en un shock por falta de volumen sanguíneo y moriría.
-…Y el sangrado ha sido abundante. Le ha mantenido la tensión con expansores de volumen y noradrenalina. Esta muy inestable. No he conseguido intubarla debido a la agitación y lleva dos vías periféricas con suero salino. No hemos conseguido tampoco una vía arterial -dijo el médico de la ambulancia como una ametralladora.
Peter ordenaba sus datos mentalmente mientras la trasladaban a la mesa quirúrgica. Una vez ya en la camilla y mientras monitorizaban a la paciente, Peter comenzó a dar órdenes.
-0,15 mg de Fentanilo, 150 miligramos de Propofol y 40 miligramos de Rocuronio. Ponle también un miligramo de atropina. Prepáreme un tubo endotraqueal del número 7 -pidió Peter a la enfermera encargada de ayudarle en la anestesia-. Ellen, ¿puede oírme? Voy a sedarla y a ponerle un tubo en la garganta para que respire. ¿Me ha entendido? -dijo Peter al oído de la paciente.
Ellen se removió inquieta e hizo el ademan de retirarse la mascarilla para hablar. Peter la ayudó y se acercó a ella. De pronto, se levantó de la camilla y se puso a gritar.
-¡Ellos se llevaron a mi niño! Me lo robaron y nadie hizo nada. ¡Mi pequeño, mi pobre pequeño! -gritó Ellen al tiempo que perdía el conocimiento y se desplomaba.
Peter se estremeció. Terminó de retirar la mascarilla y esperó a que la medicación hiciese su efecto. En cuanto la medicación inundó su torrente sanguíneo, la mujer se durmió. Después la ventiló con oxígeno alrededor de un minuto y a continuación le colocó un tubo en la garganta que iba conectado al respirador. Tras comprobar con su fonendoscopio que estaba en el sitio correcto y que la paciente ventilaba con normalidad, Peter dejó que la enfermera de anestesia fijara el tubo mientras que él observaba el monitor de las constantes de Ellen. El estado de la paciente era crítico. Los cirujanos, de hecho, habían empezado a hacer la incisión antes de que estuviese del todo dormida. Había mucha sangre. Peter pidió a la enfermera que llamara de manera urgente al banco de sangre y pidiese 6 concentrados de sangre sin cruzar. Era el tipo de sangre que se solicitaba ante una urgencia vital extrema. Mientras esperaba, Peter intentó ganar tiempo. Comenzó a poner distintos tipos de medicación cuyo fin eran ayudar a la mujer a mantener aceptables sus niveles de tensión arterial, los cuales bajaban de manera drástica. Si no encontraban pronto el origen del sangrado, las cosas se pondrían muy complicadas. Un par de minutos después de comenzar la intervención y, a pesar de los esfuerzos de todos, la paciente entró en estado de shock.
-¡Anne, trae más fenilefrina y carga dos atropinas! ¡Jhon, haz el favor de llamar al banco de sangre y decirle que se den prisa o no tendrán que venir! -ordenó Peter.
Un minuto después de entrar en shock, Ellen sufrió una fibrilación ventricular y su corazón se detuvo. El doctor Melvin era un excelente cirujano, ligaba vasos e iba reparando venas a una velocidad endiablada, y Peter era un magnifico anestesista. Con todo esto y a pesar de sus esfuerzos, tras más de media hora reanimando a la mujer, los daños en el hígado y el bazo eran tan severos que Ellen Cistar fallecía. Eran las 05:30 de la mañana. Ambos médicos se miraron con tristeza.
-Lo siento, Thomas. Has hecho un buen trabajo. Por desgracia, venía en muy malas condiciones –dijo Peter al doctor Melvin–. No se ha podido hacer nada.
-Lo sé. Gracias. Tú también has hecho un buen trabajo, Peter. Siempre me entristece perder a cualquier paciente pero la juventud siempre agrava esa sensación. ¿A ti no te pasa lo mismo? –dijo el doctor Melvin mientras, con cariño, le pasaba la mano por la cara al rostro ya sin vida de Ellen Cistar.
Ambos médicos se miraron y asintieron. Juventud y muerte nunca fueron buenas compañeras de viaje. Durante los siguientes minutos cosieron las heridas e incisiones practicadas durante la cirugía y retiraron todos los catéteres, tubos y sondas que le habían colocado. Cuando acabaron, la envolvieron con cuidado con un par de sabanas limpias, dejando solamente visible el rostro. Peter la miró a la cara y dejo escapar una triste sonrisa. Anne, la enfermera que le había ayudado en la cirugía, se le acercó.
-No se torture, doctor. Hizo todo lo posible. Bueno, lo hicimos –dijo la enfermera.
-Lo sé. Gracias Anne. Y gracias a ti también, Jhon. Habéis estado perfectos. Todos. Como siempre.
Todos asintieron y con calma se pusieron a recoger los utensilios. Peter miró de nuevo a Ellen, que parecía estar plácidamente dormida. La taparon con una sábana y salieron de la habitación. Cuando acabaron eran casi las seis.
Peter estuvo alrededor de una hora y media rellenando formularios. Odiaba la burocracia con todo su ser. Fue avanzando con lentitud en esta ardua tarea mientras esperaba a los agentes de policía. En cuanto llegaron, tiró aliviado el bolígrafo sobre la mesa y se levantó a hablar con ellos sobre el caso. Era el procedimiento habitual en casos de muertes violentas. Les explicó, brevemente, las que con toda probabilidad habían sido las causas de la muerte de Ellen. A la policía normalmente sólo le interesaba ver respondida una pregunta.
-En su opinión profesional, doctor Tenway, ¿esas puñaladas influyeron de manera decisiva en el fallecimiento de la señora Ellen Cistar? -preguntó uno de los agentes.
-Sin lugar a dudas, agente.
-Bien. Eso es todo por el momento, doctor. Le dejamos descansar. Si el inspector asignado al caso tuviese más preguntas que hacerle, ya le llamaríamos. Y por favor, háganos llegar su informe a la mayor brevedad posible al fax que aparece en esta tarjeta. Gracias, doctor Tenway. Venga, Jimmy, vámonos.
Les estrechó la mano y ambos policías se marcharon. Los siguió con la mirada mientras se montaban en el coche patrulla y se perdían en la bruma matutina que ocultaba la carretera. Por fin había acabado su guardia. Subió a su taquilla, recogió sus cosas en la maleta y se fue a casa. Acabaría allí el burocrático formalismo. Empezaban para él unas pequeñas vacaciones de diez días. Ya sabía qué quería hacer. De hecho, llevaba un par de meses pensando en ello. Hacía mucho tiempo que tenía ganas de perderse unos días en Boston. Desmadrarse, agarrarse una borrachera y acabar en la cama con cualquiera. Pero eso debía esperar. Ahora mismo, lo único que deseaba era pasar el primer día de vacaciones tirado en la cama durmiendo.
Cuando se montó en su Dodge Durango todavía no eran ni las ocho y media. Arrancó y salió del aparcamiento del hospital enfilando la autopista 95, que discurre paralela al río Kennebec. En esta época del año el río bajaba con mucho caudal y en algunas zonas era normal ver incluso pequeñas cascadas y remolinos. A Peter le encantaba hacer el camino de vuelta a casa por la mañana temprano. Las oscuras aguas del río bajaban revueltas y en ambos márgenes había multitud de zonas boscosas de pino americano. Era muy afortunado de poder observar aquel espectáculo de la naturaleza a diario. Después de recorrer quince kilómetros sin prisas, tomó el desvío para ir a su casa en las afueras de Waterville, un pequeño pueblo cerca de Augusta, que Peter adoraba. Estaba en una pequeña urbanización cerca del río. Era una planta baja de madera de nogal americano, que vendría a tener unos 15 años de antigüedad. Media unos 180 metros cuadrados y poseía dos amplios jardines, uno bastante grande en la parte delantera de la casa y otro inmenso en la zona trasera. Detrás tenía además una hermosa barbacoa hecha de ladrillo y un precioso porche de madera de pino con una mesa de madera maciza con capacidad para unas veinte personas. El porche, además, tenía persianas que permitían cerrarlo en invierno e impedir así que se dañase el interior con las lluvias y las nevadas. Todo este espectacular jardín estaba coronado por una hermosa piscina de ocho metros de largo y casi tres de ancho. Su jardín, además, daba directamente a una zona boscosa que llegaba hasta el mismísimo río y sólo estaba separada de la arboleda por una bucólica valla de un metro de altura que además delimitaba la propiedad. A Peter le encantaba. Cuando las benevolencias del clima lo permitían, se sentaba tranquilamente a leer mientras escuchaba los sonidos de la naturaleza. Era una zona tan relativamente salvaje que hasta que puso la valla llegó a tener algún susto de relativa importancia. El más importante fue un día en el que después de una barbacoa con unos amigos, un oso negro de un par de metros de altura, atraído por los olores de la carne a la brasa, se presentó en su jardín sin invitación. Al recordar aquel día, Peter no pudo evitar sonreír. Una semana más tarde, un carpintero local estaba colocando a precio de oro el cercado actual. Llegó a su casa y fue directo a la entrada del garaje. Se detuvo delante y pulsó el mando, esperando a que el automatismo abriese la puerta. Entró y, tras detener del vehículo, se bajó y lo cerró. Estaba realmente cansado. Al mismo tiempo que escucho cerrarse la puerta del garaje, abrió la pequeña puerta que daba acceso a la casa. Lo recibió un cálido maullido. Un gato siamés, con principios de obesidad, lo esperaba ronroneando en la entrada.
-¿Qué tal, Nerón? ¿Me has echado de menos, granuja? -dijo Peter mientras acariciaba el lomo del felino– Seguro que tienes hambre. Venga, vamos a desayunar.
Seguido de la oronda mascota entró en la cocina. Le echó de comer y luego se preparó un contundente desayuno a base de un zumo de naranja, tostadas y huevos revueltos. Lo devoró todo a una velocidad de vértigo. Peter, medio dormido, metió los platos en el fregadero, fue a su dormitorio y se metió en la ducha. Quince minutos de agua caliente hicieron maravillas sobre su fatigado cuerpo. Mientras jugueteaba con el agua en su boca, recordó a Ellen Cistar. Todavía le seguían afectando esos casos. Siempre que perdía a algún paciente se preguntaba si había actuado de manera correcta. ¿A qué se referiría aquella mujer con lo de su hijo robado? ¿Sería cierto que le habrían robado a su hijo de verdad? Peter sintió un escalofrío recorrer su espalda. No. Probablemente sólo fuera el desvarío de una enferma mental en estado de shock. El, por su parte, estaba tranquilo. Hizo todo lo que estuvo a su alcance por salvarla. Cerró el grifo, se secó, se puso su pijama más viejo y cómodo y, de un salto, se metió en la cama donde ya lo esperaba Nerón desde hacía un buen rato. Peter, agotado, se durmió en menos de un minuto.

Visita la página del autor: Francisco Merchán
Texto perteneciente a la novela: Dame tu corazón

Visita la página del autor:

Francisco Merchán

By |2017-12-05T11:44:01+00:00diciembre 5th, 2017|Novelas Alféizar|0 Comments

About the Author:

Leave A Comment

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.