La vida es un acto de soledad que pasamos en compañía

—No hay día sin importancia ni pequeño detalle que no forme parte de la vida, 132.
Teatraliza con el índice diestro apuntando al techo y las cejas levantadas. Y como cualquier buen necesitado de protagonismo, deja transcurrir los segundos precisos para que sus palabras se consoliden y hagan efecto.
—Ahora mismo debe dirigirse a visitar al doctor Torocasto, quien le explicará lo que viene al caso. El señor director está muy atareado. Cuando termine con usted…
Frena la lengua. No desea perder credibilidad frente a un ser a quien considera inferior y al que, para sentirse mejor, desprecia hasta el límite de lo permitido. Cambia el gesto de gravedad por el de disculpa sin exceso.
—Me refiero a la visita, claro, no a usted. En el momento en que finalice la visita —puntualiza —, vuelve aquí y le acompañaré hasta el despacho del señor director, hablarán y le hará entrega de algo importante.
La afirmación seca y contundente, hecha en tono autoritario, viene del secretario del Sr. José Cosculluela, de segundo apellido León e hijo de la provincia, director del sanatorio, figura temida y legendaria. El secretario acompaña las palabras con una dosis considerable de arrogancia. Sin disimulo.
El 132 recorre la distancia que le separa de la consulta y llama a la puerta.
—Pase —se oye con claridad.
La puerta cerrada de la enfermería no puede detener las palabras. Abre un poco e introduce la cabeza.
—¿Me ha llamado, doctor?
El médico no tiene consulta propia en el sanatorio y, cuando visita, atiende a los pacientes en la sala donde trabaja a diario la enfermera curando golpes, heriditas, malentendidos y desconsideraciones.
—Sí, entra —responde la enfermera, en pie junto al doctor; pendiente de las ordenes, si las hay.
El Dr. Ramón Torocasto es un hombre afable. Viste gafas como tiene nariz, de nacimiento. Los gruesos cristales, unidos entre sí mediante alambres, resbalan a cada instante por el apéndice que los sostiene, en descenso hacia el extremo de la protuberancia en forma de tubérculo que le condiciona la cara, la respiración, las fotos y los resfriados. El doctor devuelve los lentes convexos a su lugar con la punta de un dedo rechoncho, cualquiera de los que le llenan ambas manos, elegido aleatoriamente de acuerdo a la disponibilidad del momento. Cuenta, además, con la ayuda del lubricante natural que le impregna la piel de la nariz a todas horas y que tanto funciona en la subida como en la bajada.
El dobladillo de la bata blanca, sin la que no sería del todo médico, le llega por debajo de las rodillas, punto en el que, desde la vertical de la cintura redonda, deja hasta las piernas un gran espacio vacío, apto para acoger una celebración. La bata demuestra tener tres bolsillos. Los dos a la altura de la cintura se ven a menudo rellenos por sus regordetas manos de dedos peludos. La del pecho, siempre bien aprovechada, suele estar colmada por una libreta, una pluma estilográfica muy usada, un lápiz bien afilado, un bolígrafo-linterna que con frecuencia se ve falto de energía y unas cuantas palas de madera utilizadas para forzar la lengua hacia abajo y permitir la observación de la garganta que le llega afectada de lo que sea. El nivel de limpieza del cuello de la camisa es opinable y bastante trabajo tiene con alcanzar las tres cuartas partes del perímetro del docto cuello. Aunque, cualquier persona con la vista clara puede determinar la evidente falta de relación de la camisa con algún tipo de jabón en alguna de sus formas. Gordo sin paliativos ni disimulos y de buen trato, el médico procura resultar amable. Al reír, sacude la barriga y hace temblar la papada mientras aconseja la actividad como terapia. De estudiante practicaba en el hospital provincial a ratos y el trabajo más duro se lo encontraba hecho. Las máquinas de escribir le producen alergia, no desea sufrimientos. En el trabajo, nadie le ha forzado a utilizar tales herramientas infernales. Y como no tiene secretaria, lo escribe todo a mano.
Cuando se le presenta un caso peliagudo, invariablemente pide ayuda a la señora Dolores Barragán, la enfermera, bastantes años menos joven que él de calendario, aunque, situados una junto al otro, harían errar a más de uno en caso de poner cifras.
Dolores es una mujer experta en tristezas. Ha sufrido y visto sufrir. El 132 conoce la historia de su vida en parte por boca de otros, aunque también por la propia enfermera, una especie de segunda madre para él y el resto de internos. En los momentos en que lo ha considerado oportuno, ella ha contado su experiencia vital para demostrar que se puede superar casi todo, por difícil que resulte.
—Hola, 132 —Dolores conoce el tono preciso con el que hablar a los internos.
Al verla, sin previo aviso ni propósito, la memoria del 132 proporciona una parte de la historia de Dolores Barragán. Sabe que nació en una familia pobre y analfabeta, numerosa por individuos y problemas, conocedora en carne propia de que el mundo se divide entre poderosos y pringados. La casa en la que pasaba sus días de niña era tan sencilla como pequeña. Se componía de una única habitación cuadrada que servía para todo. En un rincón, se cocinaba. La esquina opuesta, servía de ducha: los pies en un barreño, la sábana multiusos sostenida por la madre hasta que se cansaba de tener los brazos en alto tapando el cuerpo de turno y el cazo para echarse el agua encima. De día comedor, de noche dormitorio. El retrete en la calle. El suelo húmedo, el techo ardiente de sol o helado de escarcha transmitiendo su temperatura al interior. El viento traidor aprovechando cada resquicio para entrar a molestar. Entre paredes de adobe encalado, la mayor distancia se recorría con diez pasos de los suyos, de niña de siete años. Dormían en literas improvisadas, formadas por palos entrelazados cada noche ocupando el espacio disponible y descoyuntados cada mañana para liberarlo. El hermano pequeño tosía y la madre lloraba palabras musitadas gastadas por el uso: «Hijo mío, ponte bueno. Tómate las hierbas y no te desabrigues de noche o no podré dormir nunca». Sentados sobre una tabla desmontable a una mesa de quita y pon, como todo allí, comían con cucharas de madera talladas por el padre, todos de un único cuenco que contenía cantidades ridículas de alimento, casi siempre de color verde. La vajilla retenida y mimada, reservada por la madre con la única justificación de la nostalgia por una vida mejor, para fantasear, para huir por un instante de aquella vida nociva que de niña había imaginado opuesta, para fugarse de la realidad por un rato y superar los infames días eternos, las interminables noches, ingratas, llenas de sobresaltos y cucarachas, para soportar el despertar cruel, contrario al sueño recién abandonado en el mejor momento, roto por el llanto del niño. Esa vida maligna, injusta, inesperada, que no se dejaba corregir mediante rezos ni deseos, por repetidos e intensos que estos fuesen. La vajilla usada tan solo en las celebraciones con intención de dar importancia, fingir dicha, dar un empujón a la suerte, un bofetón al sufrimiento, a la amargura, y un ruego a la esperanza, tan distante de aquella casa. Una vajilla símbolo y recuerdo de deseos incumplidos, que constaba de tres platos de loza desportillada y una fuente de chapa esmaltada estampada con desconchones oxidados de diversas formas y tamaños. Las piezas, reservadas para conservar la ilusión de mejora y ayudar a hacer germinar y florecer el futuro atascado en cualquier cuneta lejana, ocupaban una alacena tapada con un trapo ajado pero limpio. La vajilla sufría el exilio por falta de oportunidades, pues celebraciones se oficiaban pocas durante el año en aquella familia, más pendiente de protegerse de la tristeza invasiva que de buscar la porción de felicidad que le correspondía, inédita, escondida en algún rincón del mundo.
Con el 132 ante él, el doctor Torocasto levanta unas fichas blancas sostenidas por un costado con dos dedos. Aunque con cierta dificultad, el movimiento llama la atención del joven y regresa. Es propenso a alejarse, llevado por ensoñaciones, lo cual supone pérdida de interés y sermones de origen variado. El médico maneja unas cartulinas que son como folios tumbados en horizontal escritos a mano por las dos caras con letra de color azul estilográfico. Cada inscripción está cuidadosamente fechada aunque resulta bastante ilegible. Al no ser hojas pautadas y haber sido escritas con letra de médico menuda y prieta, las fichas, vistas a cierta distancia, para la mayoría de ojos presentan el aspecto de un conjunto de líneas gruesas continuas, ligeramente torcidas y onduladas en vez de parecer texto. En realidad, contienen toda la información sobre el paciente que se ha podido acumular por parte de los profesionales sanitarios durante su estancia en el sanatorio. Es decir, mucha información insustancial para neófitos e indiscreciones variadas.
—¿Sabes qué son?
El doctor levanta las hojas y las cejas y sonríe un poco. Está simulando un juego para relajar al interno 132.
—No, doctor.
El joven mira a la enfermera buscando apoyo y seguridad como si ella tuviese la permanente obligación o interés de facilitarle la vida. La señora Barragán le ha ayudado como ha hecho con el resto de internados de buena fe y comportamiento adecuado. Para los jóvenes, es lo más parecido y próximo a una madre que han tenido durante el período pasado en el sanatorio.
—Son tus fichas sanitarias. Justo ahora las estaba actualizando con la novedad.

Texto perteneciente a la novela: La vida es un acto de soledad que pasamos en compañía
Visita la página del autor: Tomás Cánovas Pardo

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Tomás Cánovas Pardo

By | 2017-12-12T13:54:26+00:00 diciembre 12th, 2017|Novelas Alféizar|0 Comments

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