El Maleficio de Bolívar

Mientras subía los peldaños, con la imagen de Simón Bolívar presidiendo el espacio escalonado, pensaba en las dos cajas de cartón que junto a las otras tantas maletas cerradas halló en medio del dormitorio principal. La intriga por lo que pudiese contener las cajas era superior a su curiosidad por las maletas, cuyo contenido se intuía previsible, probablemente ropa u otros utensilios personales, pero los recipientes de cartón podrían contener cualquier cosa insospechada y eso acaparaba más atención.

Abrió la puerta del cuarto con mucha cautela, como el que espera cualquier sorpresa al otro lado, aunque ya conocía lo que encontraría en su interior, condicionado por todas las dudas y temores que se habían estado paseando varias veces por su ánimo. Demasiadas emociones fuertes en tan poco tiempo. Una gran cantidad de sensaciones contradictorias, en ocasiones extremas, que pusieron a palpitar su corazón a un ritmo más acelerado que de costumbre y que jamás habría pensado que pudieran provocarle la casa y sus misterios.

Las cajas de cartón marrón, algo más pequeñas que las maletas, guardaban su secreto atadas con la cuerda a modo de nudo con lazo, por lo que sólo tuvo que tirar de uno de los extremos y la atadura se deshizo. Con sumo cuidado, con el mismo esmero que anteriormente había hurgado en las bolsas de la otra habitación, destapó las solapas del cierre que se entrelazaban entre sí superponiendo el extremo de una solapa sobre otra. Unas hojas de periódico cubrían el contenido de la caja y levantando por uno de los extremos dejó al descubierto lo que con tanto celo cubría. Al hacerlo encontró como descubrimiento desconcertante unas taleguitas de lienzo basto atadas con extraños símbolos bordados que las diferenciaba una de otras, como a modo de número de referencia, al menos a eso concluyó cuando una a una fue abriéndolas y comprobando que su contenido no era otra cosa más que ramas y hojas secas de diferentes plantas vegetales, que desprendían un olor agradable, le recordaba a los especieros de cocina y a los herbolarios. Lo primero que pensó era que pudieran tratarse de hierbas medicinales, muy comunes en las aldeas de la comarca, donde la tradición de los remedios caseros en forma de ungüentos, infusiones y vahos aún se conservaba. Las volvió a colocar de la misma manera y anudó la caja.

En la primera no había hallado nada de utilidad que le ayudara a despejar dudas, pero todavía le quedaba un segundo contenedor de cartón y, con la misma ceremonia que la anterior, tiró del extremo de la cuerda. También halló papeles de periódico protegiendo el contenido debajo de las solapas que hacían de tapadera. Sin embargo, esa no contenía taleguitas, en su interior se mezclaban distintos objetos sin aparente relación. Tarros de cristal con polvos y tierras de diferentes colores, cirios de variados tamaños, dos botellas de agua, crucifijos, un rosario, y algunos objetos más cuya utilidad desconocía. Una relación de cosas que no supo encontrar la conexión que guardaban entre sí.

Hasta que destapó una pequeña y rectangular caja de madera colocada en el fondo y dentro halló apéndices y órganos de animales envueltos en trozos de tela, como la cabeza de una serpiente y las patas y el corazón de una gallina que, al contrario de las hierbas, se conservaban con la frescura de hacer unas pocas horas desde el sacrificio de los animales, aún contenían restos de sangre fresca. Entonces encontró la correlación en el contenido de las dos cajas, se trataba de enseres para brujería, relacionada con hechiceros, una práctica tan oculta por aquellos días pero tan común en otros tiempos no muy lejanos.

El hallazgo le puso los pelos de punta, se le erizó la piel cuando relacionó el contenido de las cajas con los crímenes de Justino. Por un momento creyó haber encontrado el sentido a los asesinatos, cuál era el motivo por el que los perpetraba y por lo que la policía no encontraba un patrón por el que se regía para escoger a sus víctimas. También para él esa cuestión aún quedaba en el aire, por aclarar, pero la relación con la brujería o magia negra lo situaba en el epicentro de una organización siniestra. Posiblemente estaba ante una secta macabra y la casa podría ser el lugar donde se llevaban a cabo sus herejías.

La impresión que le causó el contenido de las cajas le estaba desviando por un pensamiento demasiado sugestionado y eso le podía llevar por un camino equivocado. Ordenó las vagas conclusiones que iban y venían por su razonamiento y dejó de analizar por un momento las conjeturas que partían de la más que muy probable relación entre el asesino en serie y la magia negra.

Atrapado por el asombro, y sin perder tiempo, cerró la caja y directamente se inclinó sobre las maletas. Las abrió las dos a la vez y su contenido no hizo otra cosa que ratificarle la primera impresión que le causaron las cosas que guardaban las cajas. Algo de ropa de calle y lo que podría tratarse de un atuendo de color blanco destinado a dirigir rituales, a tenor de los símbolos bordados que lo adornaban y los libros que lo acompañaban, todos de una temática relacionada entre sí. Eran manuales para prácticas de ocultismo y magia negra, la caja de herramientas de un espiritista, chamán o brujo, no sabía cómo catalogarlo. Su desconocimiento sobre el tema no hizo más que aumentarle las dudas.

Sin embargo, el hecho del hallazgo tampoco aclaraba si aquellos enseres pertenecían al asesino o a otros posibles componentes de la supuesta secta. Continuó inspeccionando cada apartado de las maletas y no hallaba ninguna referencia que le fuese útil, hasta que dentro de uno de los libros encontró una tarjeta de visita, la de una médium, cuyo nombre era María Mondejar, y pensó que aquella mujer sería con toda probabilidad la cómplice de Justino. Cerró las maletas antes de salir al pasillo y tiró del picaporte de la puerta de la habitación tras de sí.

Bajó las escaleras recapacitando, tratando de imaginarse qué actividades llevarían a cabo y dónde las realizarían, aparte de los elementos para las prácticas no existían otros indicios que diera la razón a tantas conjeturas como surgían por su cabeza. Era evidente que existía una explicación para los crímenes cometidos por Justino, formaban parte de los rituales macabros, pero no había conexión directa que los vinculara, a las víctimas no le extraía órganos, ni sangre ni ninguna otra parte del cuerpo que luego pudieran utilizar en los rituales, o quizás se perpetraban por lo que la médium pidiera por exigencia de los malignos espíritus con los que contactara. También pudiera tratarse de un juego de rol en el que las víctimas no eran más que piezas anónimas ejecutadas al azar, sin otro sentido que el de cumplir con los pasos exigidos en el propio juego. Estaba claro que la relación existía pero aún quedaban muchos puntos sin aclarar.

Texto perteneciente a: El Maleficio de Bolívar

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Antonio Torres Rodríguez

By |2017-12-19T10:42:41+00:00diciembre 19th, 2017|Novelas Alféizar|0 Comments

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