Líbano

Beirut, 2014

 

Hacía mucho tiempo que no recordaba cómo era la vida fuera de esa habitación. Cuatro paredes desconchadas, un camastro desvencijado y una mesita rebosada de vasos vacíos de café, paquetes de tabaco y casquillos de munición. Se sabía de memoria todos y cada uno de los ladrillos de aquellas paredes desnudas, los agujeros de bala, los restos de las hogueras alimentadas con los últimos muebles de una casa que ya no tenía ningún signo de haber sido un hogar. Se sabía de memoria los dibujos de las cerámicas del suelo cubiertas de polvo, de las manchas de sangre seca y de los cristales rotos que alguien había arrinconado cuidadosamente. Pero más allá de las paredes de esa habitación ya no quería recordar lo que le aguardaba. Llegó a no estar seguro de si no quería o no podía rememorar cómo era la vida allí afuera, pero a veces ella misma atravesaba sin avisar las paredes para recordarle por qué estaba en aquel sitio escondido.

Hacía mucho tiempo que tampoco estaba seguro de cómo había llegado a esa habitación y, lo que era aún peor, ni el motivo que le impedía salir de allí, escapar, olvidar para siempre aquella prisión sin carcelero ni rejas. En sus interminables vigilancias pensaba que era mejor no pensar por miedo a encontrarse con la verdad. Era una buena excusa para mantenerse concentrado en su única tarea, que era la de mirar por un agujero de la pared. Esa era su única conexión con el mundo exterior, con la vida de la que por alguna razón estaba huyendo. A través de él podía pasarse horas observando las tres calles de siempre, por las que rara vez transitaba alguien. Podía ver buena parte de Gouraud desde su extremo oeste que terminaba en la Plaza de los Mártires hasta varios cientos de metros hacia el este, hasta el cruce con Michel Bustros, donde la visión se perdía entre los edificios. Pasaba las horas mirando aquellos mismos tejados de arriba abajo. Podía divisar los tejados de buena parte del barrio, las cúpulas del Colegio del Sagrado Corazón y de la Iglesia de Tierra Santa. Entre las blancas azoteas se divisaban balconadas de los edificios estilo francés colonial, ventanas venecianas adornadas con mil colores, remates de arquitecturas otomanas, paredes laceradas, celosías árabes, y al fondo, imponente, el barrio armenio. En el centro, la Iglesia de San Jacob con su cúpula estrellada. Belleza en silencio solo roto ocasionalmente por los ecos de los disparos.

Apostado frente su agujero escrutando sin descanso con su rifle las pocas calles que alcanzaba a ver era consciente de que ese paisaje le ocultaba deliberadamente la vida que seguía empeñada en existir bajo los tejados y entre sus escalinatas que atraviesan el barrio desde el puerto hacia Achrafieh. Recorría con la cruceta del visor de su arma todas y cada una de las azoteas que alcanzaba a observar desde allí, vigilaba con paciencia a la espera de alguien que hubiese olvidado que aquellas calles ya no servían para caminar. Las horas pasaban sin apenas darse cuenta. A veces los días. El único sentido de estar allí encerrado era mirar por el agujero. Observar. Buscar la próxima víctima.

Hacía tiempo que todo había dejado de tener sentido y no recordaba desde cuándo empezó a dejar de tenerlo. En las largas horas de soledad la cordura se le había esfumado en algún momento sin ni siquiera darse cuenta de cómo. Las esperas interminables le despojaron del escaso sentimiento de compasión que conservaba después de tantos años luchando y los remordimientos habían desaparecido. Para él sólo existía aquel agujero en la pared por donde mirar durante horas, con suerte para encontrarse con algún objetivo a quien disparar. Había perdido la cuenta de a cuántas personas habría podido alcanzar a través de ese macabro escondite y prefería no llevar la cuenta. No tenía ninguna compasión por las personas a las que les había arrebatado la vida. Le ayudaba a deshumanizarse aún más el no tener contacto cercano con ninguna de ellas en el momento de apretar el gatillo. Apenas un kilómetro le separaba de las calles que él mismo escrutaba todo el día, lejos de los gritos de agonía de los que veía caer a través de su visor. Esa era otra excusa perfecta para desentenderse del destino final de sus víctimas.

Una vez al día algún soldado venía a traerle su ración diaria de manushi, tabaco y ocasionalmente algún guiso de carne. El mercado negro funcionaba bien, al final todo era cuestión de eso mismo, de sobrevivir. Después de la ocupación de Palestina había tenido que huir de su propio país para instalarse en Jordania, desde donde planeaban volver algún día a su tierra. Tomó la decisión a la desesperada de enrolarse en la Organización para la Liberación de Palestina, donde recibió entrenamiento junto con camaradas drusos y musulmanes del Movimiento Nacional Libanés. En aquellos campamentos a la ribera del rio Jordán había aprendido todo tipo de técnicas de guerrilla y manejo de rifles como el Dragunov que, como el resto del armamento, les llegaba desde el Egipto de Abdel Nasser. El puesto de francotirador era muy demandado y necesario en las batallas urbanas que les esperarían en Beirut.

En Jordania conoció a muchos oficiales que luego llegarían a ser famosos en el mundo entero como Abu Ammar, instructor político que con los años se convirtió en el presidente de la Organización y a ser conocido por su nombre real, Yassir Arafat. Sin embargo, pocos años después él y toda su familia tuvieron que volver a emigrar, esta vez al Líbano, después de que el rey Hussein decidiera expulsar los campos de palestinos que estaban en su territorio durante el septiembre Negro de 1970. Finalmente, no los querían en ningún lugar.

Después de la última batalla en la que habían avanzado hacia las montañas del centro del país lo destinaron a lo que mejor sabía hacer, de francotirador. El frente de Beirut permanecía estable y era un buen lugar para tomarse unas semanas de descanso. Lo que antes había sido la Plaza de los Mártires hoy era un decorado de edificios destruidos y montañas de escombros. De las palmeras y jardines que fueron símbolo de la ciudad más moderna de Oriente Medio ya no quedaba ni rastro. Sólo el monumento a los héroes se mantenía en pie en el centro de la Plaza rodeado de fachadas cosidas de agujeros de bala. De vez en cuando alguna explosión, intercambio de disparos, edificios en llamas, humo espeso que inundaba la ciudad. Por el centro de esa Plaza cruzaba la invisible Línea Verde, la misma que separaba el Beirut Este del Oeste durante la mayor parte de la guerra.

Según los rumores que le llegaban, el frente estaba avanzando por el Valle de la Bekaa y la causa por la que luchaban ganaba terreno. Pero él ignoraba todas esas noticias, que a veces llegaban tarde y casi siempre distorsionadas por los mandos como una manera de mantener la moral, aunque en aquella ciudad todo se terminaba sabiendo más temprano que tarde. Los intercambios entre ambos lados eran frecuentes, las mafias locales controlaban todo el mercado y para ellos y sus mercancías no había impedimentos por pasar de una zona a otra. Ellos mismos eran los promotores de las treguas que sólo duraban unas pocas horas. Al fin y al cabo, se estaban haciendo fortunas con aquella guerra así que no iban a permitir que la guerra terminase pronto. La sola idea de que él mismo estaba contribuyendo a todo ese horror le resultaba insoportable. Por esa razón se había decidido a no pensar más en nada, en tener la mente ocupada, en no seguir buscando el motivo para seguir allí en esa prisión. Ya se había acostumbrado a observar y matar en silencio.

Se sacudió el polvo sin mucho entusiasmo y envuelto en su manta se dispuso a colocarse de nuevo para seguir observando por el agujero. Sobre un viejo colchón doblado se recostaba boca abajo y pasaba las horas en esa posición, mirando a través del visor de su fusil. Aquella jornada era gris y húmeda. Llevaba sin llover varios días y el hedor a humo y basura inundaba media ciudad. Mirando desde allí arriba parecía que la zona estuviese en calma. Desde la noche anterior no había oído ningún intercambio de disparos y eso indicaba casi siempre que iba a poder encontrar alguna victima despistada.

De nuevo puso la vista en la calle Gouraud, a la que escrutaba de Este a Oeste durante todo el día que como siempre estaba desierta. Sólo era cuestión de esperar. Solía encontrarse fugazmente con gente corriendo de portal en portal al abrigo de los disparos de los francotiradores. Entre vehículos abandonados y barricadas iban escondiéndose para cruzar de acera a la desesperada. Súbitamente detuvo el visor al notar cómo algo se movía junto a la puerta de la Iglesia de Tierra Santa, a la que alcanzaba a ver de perfil al igual que todos los portales de esa calle. Se trataba de alguien que esperaba el mejor momento para continuar su camino pegado a la fachada escondiéndose de portal en portal. La figura aguardaba inquieta esperando la ocasión para arrancar a correr. A veces podría pasar mucho rato hasta que el objetivo se decidía a moverse, pero no iba a perder esa oportunidad. Sabía que aquella iglesia estaba cerrada y no había opción a que entrase en el edificio.

Su objetivo no tenía más opción que salir de allí tarde o temprano. Lo poco que se dejaba asomar no era suficiente como para que le pudiese alcanzar. Esperaba el momento de tener a tiro una nueva víctima, solo era cuestión de paciencia.

En la silenciosa escena apareció junto a la figura escondida una pelota botando en solitario. Un niño de unos de ocho años corrió tras ella saltando los escombros y la atrapó justo en el centro de la calzada. La figura escondida resultó ser una mujer que ahora asomaba medio cuerpo hacia el niño agitando los brazos con rapidez, indicándole que volviera con ella. Pero éste se detuvo en el centro de la calle sostenido la pelota, observando justo la zona donde estaba el hotel de donde solían proceder los disparos. La mujer continuaba llamándolo angustiosamente pero el niño permanecía inmóvil. Le parecía que le estuviese viendo apostado en el agujero, sabiendo que estaba allí mismo dispuesto a disparar contra cualquiera que anduviese por aquella calle.

La mujer continuaba llamándolo y parecía que de un momento a otro fuera a salir de su escondite a recoger al niño. La escena estaba ocurriendo para él en silencio. Por el visor sólo alcanzaba a ver al niño y escaso espacio a cada lado. Ahora apuntaba justo a la cara y podía ver su expresión de curiosidad mirando hacia el escondite del francotirador.

Estaba seguro de que él sabía que le estaban apuntando, aunque a esa distancia y escondido en el agujero era imposible que le viera. Permanecía inmóvil, con su pelota en la mano. Antes de que toda aquella locura comenzara le hubiera sobrecogido la mirada del niño, sin embargo, esos ojos infantiles ya no le decían nada. Sin pensar mucho más si debía o no hacerlo, deslizó su dedo sobre el gatillo del fusil.

Despertó sobresaltado como solía ocurrir cada vez que volvía a soñar con el niño. Habían pasado ya treinta años de la guerra y con frecuencia le visitaba en forma de pesadilla para recordarle que una vez todo aquello le ocurrió de verdad. Ya se había acostumbrado a su presencia, a su infantil mirada de curiosidad. Debía darse prisa porque le esperaba un viaje hacia Akkar, donde ahora miles de refugiados sirios venían a instalarse huyendo de la guerra en su país. Del mismo donde años antes los libaneses pedían refugio. La historia que daba la vuelta.

Después de la desmovilización que siguió al fin de la Guerra Civil ninguno de sus antiguos compañeros tenía experiencia en nada más que fuese la guerra. Él por suerte pudo encontrar trabajo de conductor en una organización humanitaria. Como los controles militares en carretera hacia el norte eran muchos y exhaustivos siempre anticipaba la salida a primeras horas de la mañana. Un café turco le bastaba, más tarde harían la parada de costumbre a la búsqueda de manushi para desayunar.

El vehículo ya estaba preparado como siempre, limpio y con todos los indicadores y niveles a punto. Si por algo era conocido en su trabajo era por la pulcritud a la hora de cuidar el coche que se le había encomendado. Esa era una de las cosas que aprendió en la milicia.

Aún no había amanecido cuando entraba a Trípoli, lugar de encuentro con su pasajero. Como cada mañana los vendedores ambulantes empezaban a preparar sus puestos en el barrio antiguo alrededor de la Torre del Reloj de Abdulhamid, el último califa Otomano. Ya se prendían las primeras argilas de fumar y los parroquianos ocupaban sus puestos en los cafés de la zona donde se preparaban a pasar buena parte del día, conversando y fumando. Desde hacía algunos meses era imposible entrar por la avenida principal pues estaba cortada desde el último atentado con bomba, esta vez haciendo volar por los aires la Mezquitas de Salam y Taqwa. Innumerables tesis y teorías sobre el suceso eran discutidas cada día en aquellos cafés que a esa hora ya arrancaban y dejaban escapar las primeras nubes blancas de tabaco y esencias. Las banderas del Frente al Nusra ondeaban en balcones y rotondas como advertencia de quién controlaba esa zona. Era Oriente Medio y todo consistía en influencias y territorios. Había que dejar claro a cristianos, drusos, alauitas y otros grupos minoritarios que ahora el control de facto del centro la ciudad estaba a cargo de los musulmanes suníes.

Pocos días antes aquellas banderas habían reemplazado otras del recién creado Estado Islámico y éstas a su vez a las de un partido laico. Los militares observaban impasibles desde sus vetustos tanques ligeros que habían sido movilizados para vigilancia tras los atentados de las mezquitas. Con sus viejos kalashnikov de culata móvil observaban el bullicio de primeras horas de la mañana en sus puestos acorazados de calles y plazas. La tensión era permanente pero realmente es la misma que había en todas las ciudades del país. En cualquier momento la frágil situación de paz podía saltar por los aires. El vehículo se encaminaba por la Plaza Al Noor hacia el punto de encuentro, atravesando la zona más antigua de la ciudad hasta salir al río. Al otro lado, los vestigios de la última lucha aún quedaban visibles en los edificios más altos. Agujeros de todo tipo de calibre adornaban las fachadas de la Avenida Siria, por la que meses atrás facciones de suníes y alauitas habían combatido.

Él ya estaba acostumbrado a ese paisaje, sobre todo a ese clima de permanente tensión desde hacía décadas. Mientras conducía recordaba con frecuencia sus propios fantasmas del pasado, cuando a él mismo le había tocado el papel de protagonista. Ignoraba el porqué de ese horror que no terminaba nunca. Se preguntaba cómo fue capaz de sobrevivir tantos meses en aquella casa escrutando las tres mismas calles a todas horas a través de un agujero, cómo pudo llegar a no sentir nada cuando mataba a sangre fría con su rifle. No sabía cómo fue capaz de observar durante tanto tiempo a aquel niño inmóvil sin que le conmoviese lo más mínimo. Se preguntaba cómo fue capaz de mantener la mirada del anónimo rostro infantil sin producirle ningún sentimiento, y cómo fue capaz finalmente de apretar el gatillo.

Relato perteneciente al libro de relatos: Los Niños de Babel.

Visita la página del autor: Álvaro Vadillo

 

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Álvaro Vadillo

By |2017-12-20T11:46:32+00:00diciembre 20th, 2017|Relatos Alféizar|0 Comments

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