Faremont – Pueblo solo

7 DE SEPTIEMBRE

19:45 HORAS

CAYÓ AL PISO

Estaba cansado de correr, se mostraba agotado de huir y cuando sentía que caía desfallecido encontraba en lo más profundo de su alma motivos para seguir avanzando, para continuar tratando de escapar de ese sitio, pero por más velocidad que imprimiera a sus piernas no lograba alejarse de ellos, lo esperaban, lo miraban, lo cazaban.

Había corrido casi una ciudad entera, una ciudad vacía de gente pero impregnada de maldad; ahora sólo había tierra seca, sólo había árboles muertos que se dibujaban grotescamente contra el cielo negro del horizonte, como si se tratara de manos que surgen del piso tratando de alcanzar las alturas mismas.

Se levantó pronto, el sonido perdido de algún auto le hacía sentir que se acercaba a la carretera, que podía terminar la pesadilla, que podía salir de ahí, pero su vista no le mostraba que la distancia para llegar a ella fuera corta, no le mostraba más que espacio solo, abandonado, carente de vida.

Dio algunos pasos vacilantes y miró hacia atrás, hacia sus espaldas, y descubrió que ellos seguían ahí, cerca, pero no visibles, ocultándose en las tinieblas, en la penumbra, por momentos, dibujando su forma como una sombra en una pared oscura, podía sentir casi como si le respiraran sobre la nuca, como si le tocaran el vello del cuello, como si le rasguñaran la espalda y le hicieran sentir un escalofrío.

Pero no estaba dispuesto a quedarse ahí, no estaba dispuesto a rendirse, aun cuando sus piernas no respondieran, aun cuando sus brazos le pesaran como si cargara cajas enteras repletas de plomo, tenía que seguir, aunque sus ojos, ya un poco marchitos por la edad, no lograran adaptarse a la oscuridad absoluta de una noche larga, donde ni una sola lámpara pudiera estar prendida.

El viento sopló un poco más fuerte y él trató de arreciar el paso, caminando pero sin dejar de mirar hacia atrás, cada vez, su corazón, al latir más fuerte, le indicaba que tenía miedo, mucho miedo, y que a fin de cuentas éste era el que le dominaba, no las emociones que sintió ese mismo día al llegar a la ciudad, no la emoción que lo llevó a adentrarse en aquel sitio.

Ahora sólo era el miedo el que lo movía, únicamente era el querer salir de ahí lo más pronto posible, el querer despertar de un sueño que se había convertido en la peor pesadilla que pudo haber tenido, en la peor pesadilla que pudo haber imaginado tener, en la peor pesadilla que pudo imaginar como vuelta en realidad.

Siguió caminando rápido; no podía correr más, había cruzado calles enteras, había visitado decenas de casas, había estado en parques abandonados, todo en el transcurso de un día, pero el problema había comenzado justo en el momento en que las sombras se empezaron a volver largas y cuando se dio cuenta se había quedado en ese lugar más tiempo del que debía.

Justo frente a sus ojos, como si repentinamente hubiera salido de la nada, emergiendo de su propia sombra, descubrió una estructura. No, no sólo era una estructura, era el edificio grande que a su llegada le había llamado la atención y, como todo en aquel lugar, estaba abandonado, pero no por ello carente de vida, olvidado pero no por ello menos peligroso.

Era grande, era un condominio grande que lo hizo recordar a aquellos que había mirado en las fotografías de la Plaza de las Tres Culturas en la ciudad de México, era grande, con decenas de departamentos; se veía sucio y maltratado, con los cristales de las ventanas quebradas y con las puertas corredizas de la entrada, de gran tamaño por cierto, abiertas de par. Lo reconoció finalmente, era el edificio que había visto al entrar al pueblo, pero que ahora lucía tan diferente, lucía más oscuro, y al mismo tiempo más lleno de vida, de presencias distintas en cada una de sus sombras.

Lo logró ver aun cuando estaba a quinientos metros de él, recortado con un cielo que comenzaba a ser menos oscuro, pero con un poco más de nubes, de esas que cubren el desierto y que de momento crean la sensación de que se encuentran justo sobre la cabeza, como un cielo raso al que se le puede tocar sólo con levantar la mano.

Siguió avanzando, volteó hacía atrás y toda duda que le pudiera quedar estuvo finalmente despejada; no se trataba de un sueño ni de la parte final de la pesadilla, no habría ese sobresaltado despertar en la parte más intensa del sueño, no habría esa sensación de salvación porque no se trataba de algo irreal.

Dibujada como una sombra entre la oscuridad, la figura de un hombre alto avanzando sin caminar pero manteniéndose a la distancia, siempre a la misma y con dos luces de un rojo fulgurante emanando de los ojos, fijos, clavados en él, acortando la distancia pero sin acercarse visiblemente, sin disminuir esa distancia con pasos normales.

-No los mires a los ojos -se gritó para sí mismo y trató de acelerar dirigiéndose hacia el edificio que, cada vez, estaba más cerca -no lo mires, no te pierdas en sus ojos, no, no lo hagas -y trató de rezar un poco, pero su lengua se trababa en su garganta… ahora ya era pánico lo que había dentro de sí.

(No los mires)

Se acercaba al edificio y su primera intención fue entrar, esconderse y tratar de mantenerse oculto hasta que de nuevo el sol apareciera en lo más alto del cielo, pero de nuevo la duda lo embargó… ¿cuánto tardaría en amanecer, ocho, diez horas…?, lo que fuera sería una eternidad, de la que quizá no lograría regresar.

Subió las desgastadas escalinatas y casi se volvió a caer al llegar a la puerta, abierta, hecha de hierro con barras tubulares cubriendo el lugar donde algún día debió haber cristales y locamente pensó que el sitio debió haberse visto espectacular antes de que la ciudad se convirtiera en lo que ahora era.

Su mano tocó la barra con la que se deslizaba la puerta y se apoyó en ella; respiraba entrecortadamente, estaba un poco agitado pero más temeroso. Dudó de nuevo, quizá entrar no fuera lo mejor, quizá sería mejor tratar de alejarse lo más pronto posible, tanto como sus piernas se lo permitieran y no quedarse simplemente a merced de ellos.

Volteó de nuevo y los ojos fulgurantes seguían fijos en él, no tan cerca como antes, pero ahora, acompañados a distancia por otros dos pares y un par más en el extremo izquierdo, acercándose sigilosamente, como si se arrastrara pero sin llegar a tocar el piso.

(No los mires)

Ahora descubrió ya un poco mejor sus contornos, el de la figura alta y espigada, al centro, acercándose cada vez más pero despacio, parecía que lo hacía lentamente no para planear mejor o por tener miedo, sino como si fuera la forma de disfrutarlo más, sus pasos eran vacilantes, con una ligera oscilación, como si al caminar quisiera mantener los ojos cautivos en él.

A sus lados otras dos figuras caminando agazapadas, casi con un paso felino, acechando a la presa, y al extremo izquierdo una figura más pequeña, caminando erguida con un poco más de rapidez, pero sin hacerlo directamente hacia él; lo supo, lo estaban acorralando, le estaban cerrando la vía de escape que pudiera tener.

No había opción, tenía que entrar y, más que buscar un sitio para esconderse, tendría que encontrar algo con qué protegerse, algo que lo mantuviera hasta que el sol saliera, que lo mantuviera vivo. Cruzó la puerta y entró a la oscuridad que parecía casi sólida, casi orgánica, una oscuridad que pareció engullirlo.

Y ahí, entró de prisa, corriendo, desesperado y presa del pánico, ya que se dio cuenta que esos ojos fulgurantes habían trepado velozmente las escalinatas y ahora lo miraban desde la puerta donde segundos antes había estado de pie, analizando sus posibilidades de escape.

El ambiente era oscuro pero sus ojos, ya adaptados un poco a la falta de luz, lograron distinguir siluetas recortadas contra el cielo de un azul muy oscuro y desprovisto de nubes. Pudo percibir un movimiento sinuoso, tranquilo y suave, como las olas de un mar, como la paz que se respira en una playa.

(No lo mires)

(No a los ojos, no a su movimiento)

(No)

Huyó tan rápidamente de la puerta buscando algún sitio donde esconderse que no se percató que detrás de él, encima de él, y bajo los escritorios viejos que aún se apilaban en el sitio de entrada, aparecieron más ojos con un color fulgurante, con un matiz hipnótico y con una seguridad de alcanzar a su presa.

Hubo algunos susurros, quizá algunas risitas perdidas entre las esquinas, escondidas en la penumbra; algunos sonidos que fueron producidos por las viejas sillas al moverse, al arrastrarse por el piso, algunos otros objetos de metal que cayeron al suelo y, después, de nuevo el silencio, absoluto silencio, que se prolongó por un fragmento de la noche.

Texto perteneciente a: Faremont – Pueblo solo

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Ignacio Aceves

By |2018-01-02T15:04:18+00:00enero 2nd, 2018|Novelas Alféizar|0 Comments

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