La maldición de Zapata

Después de trabajar treinta años en el Southern Pacific Railroad, Eligio González se jubiló el 15 de marzo de 1995. Para el 27 de noviembre del mismo año lo enterraron en Oxnard, California. Eligio era natural de Monte Sereno, Michoacán, donde nació y vivió hasta a mediados de los años cincuenta cuando iniciara lo que él llamaba, “mi aventura gringa.” Con motivo de celebrar su jubilación, los hijos organizaron una fiesta que se llevó a cabo en el jardín detrás de la casa de su padre. Allí, Eligio repitió una vez más la historia de esa aventura que tantas veces él había contado.

De veras que a mí el norte no me atraía para nada. No tenía necesidad ni deseo alguno de venirme a trabajar de este lado. Mi papá, que en paz descanse, sembraba en la parte buena del ejido. Ahí donde se da tupido el maíz y la lenteja. Teníamos también nuestros animalitos: unas veinte reses. Con eso nos daba para vivir bien. Pero luego Miguel Alemán decretó que nos mataran el ganado por aquello de la fiebre aftosa, que yo digo que fue un invento de los gringos para joder a los campesinos y dejarnos pobres, y así no nos quedara otra más que hacer fila para venirnos de braceros a los Estados Unidos. Porque en esos años este país ocupaba mucha mano de obra en el campo que sólo México podía abastecer. Por eso decía la gente que Manuel Ávila Camacho le había vendido mexicanos a los Estados Unidos y que Miguel Alemán había matado el ganado del país para beneficio de los gringos. Y con eso nos había dado en la torre a muchos campesinos, pues. 

Yo tendría veintiún años cuando me vine con Melcho Piña y Evaristo Suárez. Así nomás, nos lanzamos a la pura aventura. Pero corrimos con buena suerte porque en cuanto llegamos a la frontera, allí en Empalme, Sonora, nos contrataron para trabajar en el Valle Imperial. Los dólares me gustaron y se me hizo costumbre regresar año tras año. Por ese entonces, pasé varias temporadas en Watsonville en la fresa y también pisqué uva en Delano y montones de nueces en Paso Robles. Luego, en el sesenta y cinco fui uno de los primeros braceros de Monte Sereno que recibimos nuestra mica de residente. Fue en esa ocasión que caí aquí en Oxnard porque era muy mentado entre los paisanos. Pero el Oxnard de entonces era otro, nada como el de hoy. En ese tiempo era una ciudad pequeña y tranquila, rodeada de files de fresa, lechuga, apio; también huertas de aguacate y limón. Un clima agradable todo el año y la playa de Hueneme bien bonita. Yo venía con planes de trabajar en la fresa con Cándido Juárez y Trino Rivera, pero cuando llegué me salió el trabajito en el traque. Me gustó ese jale y me quedé porque pagaba muy bien, con beneficios y todo. Para el setenta, ya tenía aquí a mi mujer y a mis muchachitos.

Eligio hizo una pausa mientras Remigio, su hijo mayor, repartía otra tanda de cervezas heladas entre los hombres que escuchaban atentos la historia del ex-bracero bajo el sol tibio de Oxnard, cerca del aroma seductor de un naranjo y un limón nevados de azahares. A lo largo de una barda de madera, plantas con racimos de flores coloridas y una mata de yerbabuena fragante también alegraban la fiesta. Al lado opuesto, arrinconado en una esquina del jardín, abría sus brazos espinosos un nopal con sus retoños verdes. En ese ambiente benigno donde acababan de disfrutar de unas carnitas jugosas tan buenas como las que preparan en Quiroga, Michoacán, la mayoría de los hombres presentes casi se olvidaban de los estragos que los surcos helados del fil dejaban en su cuerpo y alma. Los más jóvenes, como siempre, se empezaban a alegrar con la ayuda de las chelas y esperaban el resto del relato rumiando vagos recuerdos de aquellos años cuando de niños habían visto a Don Ligio regresar del norte con los otros braceros que pasaban largas temporadas en California. Aquellos años cuando sólo un puñado de hombres del pueblo gozaba de ese privilegio. Antes de que la gente de Monte Sereno empezara a desgranarse como una mazorca de maíz y el pueblo quedara hecho un molonco.

Después ya no se le vio mucho por Michoacán, Don Ligio. Fue hasta que nosotros nos emigramos que nos volvimos a ver otra vez con su familia. En Monte Sereno yo estuve en la escuela primaria con sus muchachos, pero cuando me vine de alambre me metieron a piscar fresa y dejé de ir a la escuela. Como sea, nunca perdimos la amistad con Remigio y Gadiel, aunque a ellos nunca les tocó piscar en el fil, como a toda su camada de amigos.

Yo no tuve que andar yendo y viniendo a México como lo hizo la raza por tantos años. Tuve suerte. Encontré un trabajo de planta que me ayudó a traer a mi familia a vivir aquí. Tampoco quise que ninguno de mis hijos entrara a jalar en el fil. Prefería que estudiaran. Y ahí están hoy, gracias a Dios, todos tienen sus buenos trabajos. Se criaron más de este lado que del otro, pero no se han olvidado de su terruño. Siempre convivieron con ustedes, sus amigos. Remi y Gadiel sudaron la camiseta del Deportivo. Y buenos jugadores que salieron. Eso no me lo van a negar. Mis muchachas se casaron con mexicanos, aunque no de Monte Sereno, pero mexicanos. Yo también he mantenido mis amistades, aquí les pongo de testigos a mis compadres, Lupe y Ramón, con quienes hemos sido amigos desde niños cuando estudiábamos con el maestro Plaza. Todos ustedes me conocen bien, jamás he dejado de ser lo que soy, un campesino de Monte Sereno.

¿Cuánto hará que no pisa nuestra tierra, Don Ligio? Porque si recuerdo bien sus muchachos ya nunca regresaron. Se establecieron en Oxnard y aquí se quedaron.

Después de mudar a mi familia al norte, regresé al pueblo dos veces: para el entierro de mi papá y, dos años más tarde, para el de mi mamá, que en paz descansen los dos. Yo sé que muchos me recriminan no haber regresado ni una sola vez en veinte años. No crean ustedes que es algo que uno se propone. Al principio tenía muchos deseos de volver, como el cosquilleo de un gusanillo que no me dejaba en paz. Pero el trabajo era de planta y pagaba bien, tenía a mi esposa aquí, los niños en la escuela. Todo eso justificaba que me quedara en Oxnard. Después de que mis padres murieron, se me fueron apagando las ganas de volver. Sentí que mi familia echaba raíces de este lado de la frontera y llegó el momento en que me pareció que ya no tenía caso regresar. Y más cuando la miseria desterró para este lado a la mitad de la gente de Monte Sereno. Fueron llegando aquí a la Colonia, uno tras otro, como si huyeran de una peste. Tengo muy presente esos días. Primero llegaron unas cuantas personas como ovejitas perdidas, entre ellos algunos de mis parientes y amigos de la infancia, pero luego familias enteras empezaron a llegar. Y era tanta la gente que se vino, que nos preguntábamos si alguien se quedaría en Monte Sereno a cuidar las casas que se iban quedando abandonadas. Por años la gente se la pasó como las golondrinas, volando de un lado a otro; llegaban a California en abril y regresaban a México en noviembre. Con el tiempo ese trajín se acabó cuando el Presidente Reagan dio la amnistía y todos quedaron trasplantados aquí igualitos que mi familia. La Colonia se convirtió en un pequeño Michoacán. Pero tampoco no vayan a creer que uno se olvida de su tierra así nomás. No, yo la llevo aquí en el corazón y los recuerdos siempre están vivos. Y ahora que estoy pensionado voy a tener más tiempo y como se lo he dicho a varias personas, tengo planes de regresar.

Veinte años no pasan en balde, Don Ligio. Va a encontrar un pueblo muy cambiado. A lo mejor ya ni lo conoce. Ya hasta carretera tenemos.

El tiempo cambia las cosas, pero no tanto como para que uno no se reconozca en algo de lo que sobra. Además, yo voy a lo mío. Ahora que tengo más tiempo, quiero regresar a trabajar las tierras que me pertenecen. Mi hermano las ha estado sembrando desde que falleció mi jefe, pero ya es tiempo de que yo vaya a recoger lo mío, por decirlo así. Recuerden que mi papá luchó en La Revolución y fue de los principales que se la rifaron contra los Noriega, dueños de la hacienda, para que nos dieran el ejido. La tierra, decía mi papá, esa es la herencia de mi general Zapata. Él nos la heredó a mi hermano y a mí. Yo se la voy a heredar a mis hijos, y ellos a los suyos. Sí señor. Para eso se hizo la Revolución.

Para qué vas a menearle a ese asunto, Eligio. Lo único que nos quedó de la Revolución es la fiesta que hace el pueblo en noviembre. A la que ya casi ninguno de nosotros va. ¿Qué no recuerdas por qué nos venimos de braceros? ¿Cómo estábamos de jodidos cuando llegamos aquí? A ti te ha ido muy bien de este lado. Aquí está tu vida. Deja el mundo rodar en Michoacán. ¿Qué nos importa eso del ejido a nosotros? Créeme, allá sólo vas a encontrar problemas.

Muchas veces, les he contado a mis hijos cómo los campesinos lucharon para que nos dieran la tierra. Es la historia que el maestro Plaza nos enseño cuando éramos niños. Él nos decía: “Mucha gente murió para que tuviéramos algo que fuera nuestro. Grandes hombres como Villa, Zapata, Carranza y Madero, todos ellos lucharon para que los mexicanos vivieran con dignidad.” Hablaba bonito ese maestro Plaza. ¿Verdad, compadre? Mi papá también anduvo en la bola con Hilario Bernal y Fermín Rivera. De eso casi tengo memoria porque de niño recuerdo haber visto muchas veces los montones de piedras que marcaban los lugares donde los soldados de la hacienda asesinaron a esos héroes de Monte Sereno. Sería una pena que ahora nos olvidáramos de lo que ellos hicieron por nosotros, que olvidáramos esas muertes que nos heredaron el ejido. Ahora que mirándolo bien, yo sólo voy a buscar lo que es mío. Eso es todo. Mi herencia de la Revolución.

Eligio Gónzalez regresó a Monte Sereno a mediados de noviembre. Era el tiempo de las secas, pero una tormenta tardía amenazaba en el horizonte cuando el taxi en que abordaba serpenteó por la carretera negra que faldeaba el Cerro de la Piedra del Brinco del Diablo. A su derecha, el ejido se desplegaba como un abanico dorado flotando sobre la luz gris que descendía sobre el valle rodeado de un círculo de lomas y montañas trepándose una sobre otra. A la entrada del pueblo, unas gotas grandes de lluvia tamborearon en el parabrisas del taxi sin pasar a más, dejando manchas en el vidrio como huellas de pequeñas explosiones. El carro se deslizó por la calle principal mientras Eligio contemplaba en silencio cómo el mundo se reducía a un espacio mínimo donde tres o cuatro calles se entrecruzaban, allí donde el tiempo retorcía la realidad y la transformaba en nostalgia pura, de tal modo que las caras de la gente caminando por las calles estrechas parecían surgir de un pasado remoto y lejano. Eligio sintió una felicidad agradable. Estaba de regreso. El campesino volvía a su casa. Alzó su mano para saludar a sus camaradas, pero todo fue en vano: el carro corría más rápido de lo normal en la calle recién pavimentada.

A mi hermano no lo había visto desde el entierro de mi madre. Yo ya tenía noticias de sus intenciones. De eso se encargaron las malas lenguas. Era dos años mayor que yo, de carácter recio y bien aguzado. El día que llegó todo fue muy normal. Nos saludamos y nos dimos un abrazo fraternal, dos hermanos contentos de verse después de muchos años de separación. No le miento cuando le digo que yo sentí una felicidad de verdad porque quería mucho a mi hermano; cómo no lo iba a querer si nos criamos juntos hasta que se fue con la bola para el norte, donde le iba muy bien, según me contaban todos los que venían de allá. Qué bueno, les decía yo. Me daba orgullo ser su hermano. Mi esposa también lo recibió muy bien y jamás le hizo mala cara. Ella le tenía preparado un cuarto para dormir y dispuesta para hacerle grata su visita. Como le digo, ese día cenamos juntos y platicamos hasta muy entrada la noche como queriendo llenar con palabras el vacío que habían dejado los veinte años de ausencia.

Fue al día siguiente cuando principió la cuestión. Estábamos en el corral detrás de mi casa, apartando los becerritos de las vacas lecheras, cuando me soltó a quemarropa la pregunta: ¿Y de las tierras qué hay? Y yo le dije: Pues ahí están hermano. Esas no se mudan de país como los ejidatarios. No crea usted que se lo dije con mala intención, pero noté que los ojos se le hincharon de rencor a Ligio. Me dijo: Pues ya ves que uno no se aleja para siempre. Aquí me tienes otra vez. Regresé para arreglar lo de la herencia de mi padre. Tú sabes, Constantino, que como hijo mayor tengo derecho a parte de las tierras que él dejó. Le dije: Hombre hermano cuando nuestro padre y madre murieron estuviste aquí para su entierro, pero jamás mostraste interés en las milpas. Recuerdo que ni siquiera te quedaste al novenario de mi jefa. Parecía que se te estaban quemando las habas allá en el norte. Luego ni más se te vio por aquí. Y ahora sales con que tienes derecho. Tú tienes derecho a lo tuyo allá en el norte. Eso no te lo quita nadie. Te lo ganaste con el sudor de tu frente. Pero lo que está aquí, estas tierras que dejó mi papá, yo también me las gané con el sudor de la mía.

Las labré año tras año, aguanté las cosechas buenas y las cosechas malas. Tampoco creas que cuando las parcelas dan, dejan mucho. Si fuera así, mis hijos estarían aquí trabajando a mi lado en vez de andar vagando de ilegales en el norte. Allá están, como tantos otros muchachos del pueblo, unos andan en Chicago y otros en Atlanta. Se fueron porque dizque no tenían futuro aquí. Sólo yo le he sido fiel a la tierra. Como si me hubiera casado con ella, la cuido y la mantengo y me contento con lo que me da porque eso es lo mío. Tú conténtate con lo que Dios te dio en el norte. Mi hermano Ligio nomás dijo, Pues mal que te guste, vine por lo mío. Y como dé lugar, me lo vas a dar.

Se fue echando lumbre por los ojos. Después se llevó sus tiliches y dizque se fue a quedar a la casa de su suegro y supe que anduvo consultando un abogado y que quería convocar una junta de ejidatarios. Le dio vueltas al pueblo echando pestes de mí, tratando de convencer a la gente de que se voltearan en mi contra.

Yo maté a mi hermano, pero no fue como la gente lo cuenta. Esa mañana, acababa de ordeñar el par de vacas lecheras que tenía en el corral cuando lo vi entrar por el zaguán de la casa. Venía con la cara dura, ensañada por el odio que se le notaba a flor de piel. De manera que esta vez nos saltamos los saludos y entramos a la cuestión de volada. Eligio me preguntó: ¿Qué pues? ¿Ya pensaste en lo que te dije el otro día? Qué le voy a pensar, le contesté, yo estoy en mi derecho según la ley. Cual pinche ley, dijo Eligio, ya sabes que aquí la ley no vale nada, sólo le sirve al que tiene más lana. Así que si quieres entrarle a las demandas, pues ya vas. Todavía quise convencerlo por la buena. Le dije: Por el amor que le tuviste a nuestros padres, Eligio, piénsalo bien, hombre. ¿De qué te sirve quitarme estos pocos surcos que son mi único sustento, a ti que tienes tantos bienes allá en el norte?

Mírame, hermano, mira a este viejo de piel curtida y agrietada que es la única ganancia que le saqué a esta tierra después de toda una vida de labor en la milpa. Mira la ropa vieja descosida que llevo. Mira la casa que no he podido terminar de construir después de treinta años. Compara todo esto con lo que tú tienes en Oxnard y dime si es justo lo que quieres hacer. Eligio escuchó todo con una mirada distante y nomás dijo con mucha sorna: Pues, lo de la casa no me importa. Aunque me toca la mitad de todo lo que fue de mi padre, eso te lo puedes quedar. Pero en cuanto a lo de las milpas, eso sí nos va a tocar mitad y mitad, mal que te guste. Y te lo digo desde ahora, me vas a dar mi herencia fuere lo que fuere, por las buenas o por las malas. Así que allá tú. Sin decir más se salió por el zaguán y se fue a ver el desfile que los niños de la escuela iban a hacer ese día. Yo entré a la casa y dejé la leche en la cocina. Fui a mi recamara. En la oscuridad del cuarto saqué de un baúl carcomido un arma vieja que mi padre había usado en los años de la bola. La banda de guerra del desfile resonaba en la lejanía cuando la empecé a limpiar.

Dos semanas después de que su padre viajara a Monte Sereno, Remigio y Gadiel González regresaron a su tierra natal por primera vez en veinticinco años. El viaje inesperado los arrojó de golpe en un pueblo que poco correspondía a los recuerdos pulidos por el tiempo que como joyas llevaban incrustados en el corazón, recuerdos idealizados por la plaga que azotaba a los mexicanos en Oxnard, la nostalgia; una enfermedad que transformaba las reminiscencias del pueblo exiliado en cuadros folclóricos mentales. De modo que Remigio y Gadiel buscaron en vano la aldea soñolienta de casas de adobe con techos de teja, paredes encaladas con la tradicional franja roja al pie, zaguanes con sus enormes puertas de madera y diminutas ventanas abiertas en señal de amistad. Ante ellos se manifestaba la cruda realidad del paso del tiempo. Un pueblo compuesto de casas enormes de tabique de uno o dos pisos, pintadas de color pastel y decoradas con ominosas puertas y ventanas negras de hierro forjado: una arquitectura que aspiraba a la elegancia urbana mezclada con un aire frío y hostil. Look, Mexican dream homes, dijo Gadiel. Aunque no todas alcanzaban la categoría de ensueño porque muchas se habían quedado y se quedarían, como tantas cosas más en el país, en obra negra. Luego Remigio y Gadiel fueron en busca de su niñez por las calles empedradas y espacios por los que solían correr y jugar, pero sólo se toparon con una capa de cemento gris ondulando entre banquetas desniveladas. Con asombro y desconsuelo observaron cómo ese manto de concreto también se había apoderado de los patios traseros de las casas, semejante a la lava petrificada de un antiguo volcán, donde quedaron borrados para siempre los rosales, la hierbabuena, los limones, los naranjos, las moras, los mezquites, los fresnos, los pirúes, los zapotes, los nopales y los magueyes. Monte Sereno semejaba una mancha de cemento, tabique y hierro forjado en medio de la ciénaga antigua drenada a principio del siglo veinte por los gachupines, donde éstos habían fundado la Hacienda de Monte Sereno; hoy devenido en un pueblo con alma de concreto, sin fragancia de flores y sin fruta de sus propios árboles.

Gadiel y yo, nunca vamos a poder entender de donde surgió la mala sangre entre mi papá y mi tío Constantino. Mi papá nunca dijo una palabra mala en contra de mi tío; siempre hablaba de él con respeto y cariño y, según mis parientes, mi tío tampoco daba muestras de tenerle algún rencor a mi papá. Sí, es cierto que no se veían desde hace veinte años y que la gente puede cambiar, pero tanto como para que mi tío matara a mi papá a sangre fría, no lo puedo creer. Pero hay algo en Monte Sereno, algo que no puedo explicarme muy bien, quizá porque no crecí en él, porque no seguí respirando su aire y bebiendo de su agua. Porque da la casualidad de que este caso no es el único que se ha visto en el pueblo. Ha habido muchos más. Allí se vive la discordia: hermano se enemista contra hermano y hermana contra hermano; se respiran en el aire las demandas y las amenazas entre parientes que alguna vez fueron familias unidas. Todo, digo yo, por esas malditas tierras del ejido, los lotes del pueblo, las casas; la herencia de nuestros abuelos, pues. De eso me di cuenta cuando estuve en Monte Sereno. Así que a mí no me hablen de la pinche revolución, ni de su Zapata, ni de su Villa, ni de su Carranza. Lo único que reina en Monte Sereno es un odio que se respira y se bebe y se traga en abundancia amarga. Eso es lo que dejó su pinche revolución. Un pueblo donde nadie se tienta el corazón y donde parece ser que todos son capaces de matar, sin conciencia alguna, por un puñado de tierra que a final de cuentas apenas sirve para darle de comer a esa pobre gente, pero sí para mantener a los campesinos en la miseria eterna.

Fue el día del 20 de noviembre, poco antes del medio día. Toda la gente del pueblo se había reunido en la plaza, enfrente del edificio de La Tenencia, para ver el programa preparado por los maestros y los niños. Yo estaba ahí con su papá. También Juan el Panadero y Vicente Plasencia lo acompañaron el día de su desgracia. Pero ninguno de nosotros vio cuando Constantino llegó a la plaza, porque todos estábamos atentos, escuchando los poemas que los estudiantes declamaban a los héroes de la Revolución. Pero dicen que Constantino se metió entre la bola, tranquilo y sin novedad, esperando su turno. Cuando acabaron de echar vivas al final de la ceremonia y los estudiantes empezaron a desbaratar filas y regresarse a sus casas, fue cuando yo lo vi que se abría paso entre la gente. Constantino se le arrimó a su papá y le dijo, Aquí te traigo lo que andas buscando. Sacó la pistola y le dio tres tiros en el pecho. Así no más, a pura sangre fría. Luego, se dio a la fuga; unos dicen que se peló para San José de los Naranjos y otros que para Santiago Azajo, donde tiene amistades. ¿La ley? Ya saben ustedes como se arreglan las cosas en estos casos, muchachos. Ahora que si quieren ir más allá, eso es cosa de ustedes. Nadie se los va a recriminar. Como sea, a su tío Constantino ya no se le ha visto por estos rumbos.

Remigio González terminó su aventura gringa reposando en un cementerio de Oxnard, California. Un año más tarde Constantino falleció dizque, decía la gente, que por castigo de Dios. Lo enterraron en el campo santo de Monte Sereno. Los hijos de los hermanos finados quedaron desparramados por varios estados de la Unión Americana, lejos de su tierra natal y de su herencia maldita. Ninguno de ellos jamás demostró interés por labrar las parcelas del ejido que poco a poco se van plagando de yerba mala, como un páramo de tierras envenenadas.

Relato perteneciente a: Los Norteados

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Álvaro Ramírez

By |2018-01-04T22:47:52+00:00enero 4th, 2018|Relatos Alféizar|0 Comments

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