La reina del Puerto

Esperó impaciente media hora a que la maleta apareciera por la cinta transportadora, todas salían menos la suya, una tras otra los viajeros las retiraban del artilugio mecánico que las paseaba y ponía al alcance de sus propietarios. Por fin apareció. Dejaba atrás la cortina de flecos y se acercaba hacia él, la agarró por el asa al tiempo que buscaba un banco con la mirada, se dirigió al asiento y sobre éste abrió la maleta con ruedas; guardó el abrigo y la volvió a cerrar; la bajó al suelo y encaminó con ella hacia la salida del Aeropuerto Sur.

En el exterior, el paisaje que se dejaba ver no era el que esperaba, se imaginaba una isla verde, frondosa, y encontró todo lo contrario, árida, solo el verde de los jardines a la entrada del edificio y algunos matorrales salpicados que alteraban el ocre del lugar.

La primera idea fue la de alquilar un coche para llegar a su destino, pero cambió de opinión, pensó que en la guagua iría más cómodo y le daría libertad para disfrutar del paisaje. Estaba cansado del viaje en avión y de las tres horas de retraso que tuvo que esperar en el Aeropuerto de Málaga. Se acercó a la ventanilla y compró el tique hasta Santa Cruz de Tenerife, la capital de la isla, allí haría trasbordo y subiría a la que le llevaría a la Isla Baja, a la comarca de Teno, a Garachico.

Cargó el equipaje en el maletero de la guagua y subió en ella; buscó en el billete el número del asiento que le correspondía y al encontrarlo exclamó en voz baja:

—¡Estupendo!

Su asiento estaba junto a la ventanilla y eso le alegró, el trayecto se suponía largo ya de por sí, como para que encima tuviese que pasarlo desanimado en una butaca interior del vehículo público, aún tendría que recorrer dos terceras partes de la isla para llegar a Garachico, que se encontraba en el lado opuesto, en el Norte.

Ocupó su plaza después de colocar el bolso en la repisa, sobre su cabeza, no sin antes haber sacado de él la revista que compró en la Península y que casi se la sabía de memoria de las veces que la había leído. Mientras que la repasaba, asegurándose de no haber dejado nada por leer, los últimos pasajeros en acomodarse encontraban su sitio. Una mujer acompañada de una niña y un niño, de entre diez y doce años, tomaban sus asientos.

—¡Andrés! Siéntate aquí, junto a este señor, nosotras nos sentaremos en los de al lado. ¡Buenas tardes! —saludó la señora.

—¡Buenas tardes! —le respondió.

—¡Quiero que te quedes quietito y que no molestes a este señor! —dirigiéndose al niño— Espero que no le moleste, es muy travieso.

—¡No se preocupe señora, seguro que será un buen compañero de viaje! ¿No es así, Andrés?

—¡Claro, no hay ningún problema! Son cosas de mi abuela, siempre me riñe porque dice que soy muy malo, pero no es verdad. ¡Está mayor! —argumentaba el niño en voz baja para no ser escuchado por su abuela.

—¡Toma Andrés! ¿Quieres agua? —alargándole con la mano el botellín.

El niño cogió la bebida de manos de la abuela, miró la etiqueta de seguridad que rodeaba el tapón y con las uñas trataba de quitarla, pero las tenía mordidas y le resultaba casi imposible desprenderse del precinto, él se dio cuenta y se apresuró a ofrecerse.

—¿Quieres que te ayude? ¿Te abro la botella?

Andrés giró la cabeza con un movimiento rápido y, sin dejar de mover los dedos presionando el tapón, le contestó.

—¡No! Yo puedo abrirla.

En su tozudez, seguía intentándolo por su cuenta, con los dientes y con los dedos, a la vez que subía el precinto lo hacía también el tapón y cuando casi ya lo había conseguido, lo mordió, tiró fuerte con las manos y bruscamente se desprendió de la botella. El agua le fue a caer sobre la revista y el pantalón. El impulso por tratar de evitarlo lo levantó una cuarta del asiento, pero fue inevitable.

—¡Lo siento, señor! —la abuela se disculpaba.

—¡No se preocupe, ha sido un accidente!

—¡Te lo advertí, Andrés! Es imposible que puedas estar un solo momento sin hacer ninguna travesura.

—¡Se me ha escapado el tapón! —el niño argumentaba en su defensa.

—¡Cambia el asiento con tu hermana ahora mismo, vamos!

El agua le dejó una señal que más parecía otra cosa lo que la produjo; el líquido se desplazaba por las perneras, pierna abajo y aumentando la mancha en el pantalón claro de color. La niña se sentó a su lado, sin decir nada, con las manos metidas bajo las piernas y sin llegarle al suelo los zapatos, las movía adelante y hacia atrás, como unas tijeras, con pícara sonrisa y mirándolo de reojo.

Con la parte que no se mojó de la revista trató de secarse el pantalón haciéndose aire, a la manera de un abanico, mientras pensaba que lo ocurrido era un percance más del viaje, que ya se presentó perturbado con tres horas de retraso; aún quedaba más de la mitad del trayecto a Santa Cruz y confiaba en que el agua estuviera seca para entonces.

—¿Quiere unos pañuelos de papel? Le ayudarán a secar el pantalón —dijo la abuela.

—¡Gracias señora!

—¡Discúlpeme, es que estoy tan apurada con lo que ha ocasionado Andrés!

—¡No tiene importancia, pronto habrá desaparecido! —al tiempo que frotaba la mancha con el pañuelo.

—Si deja los pañuelos sobre lo mojado, para que absorban la humedad, será mejor que si los frota —le decía la niña.

—¿Así? —le preguntaba, presionando con la mano el papel sobre la señal.

—¡Aha! —contestó, confirmando con un movimiento de cabeza.

—¿Cómo te llamas?

—¡María!

—María, ¿qué más?

—Solo María.

—¡Pues, muchas gracias María, por tu consejo!

—¡De nada, señor!

La niña continuó sentada en el asiento, sobre sus manos, con la misma sonrisa y buscando al hermano con la mirada, que se adivinaba tras la abuela sentado junto a la ventanilla y enfurruñado.

Toda su atención la volcó en la mancha, en la confusión que provocaría cuando tuviese que bajar para cambiar de guagua y no se había percatado de que el paisaje ya no era el mismo que encontró al bajar del avión, se tornó verde y el ocre se fue escondiendo según pasaban los kilómetros. Le sorprendió un edificio religioso de la primera mitad del siglo pasado que se erguía en la explanada, apareció tras el cristal del vehículo con unas grandes estatuas de piedra en la orilla del Atlántico, custodiándolo de cara al océano. El estilo era el canario de la posguerra e intentaba resaltar los valores arquitectónicos populares.

—¡Es la Basílica de la virgen de Candelaria! —dijo María sin esperar a que le preguntaran.

—¿Y esos gigantes de piedra, quiénes son? —le preguntó.

—¡Guanches!

—¿Qué hacen ahí, tú lo sabes?

—¡Sí! Ellos encontraron la imagen de la virgen en las playas de Chimisay, antes de que los españoles conquistaran Tenerife.

—¡Qué interesante! ¡Eres una señorita muy estudiosa y preparada, felicidades María!

—¡Gracias, señor!

La abuela, pendiente de la conversación que mantenían, sonreía orgullosa de su nieta, al mismo tiempo, él suponía que la aparición de la “virgen” se debía a que los misioneros de las islas orientales la colocaron allí, para que los guanches la descubrieran, la adorasen y de esta forma llegar a una cristianización más rápida, convirtiéndose así en mensajera de la posterior evangelización. La manera más corriente en las misiones.

El cansancio de tantas horas de viaje comenzaba a dejarse ver, el sol de la tarde dándole de cara y el suave movimiento de la guagua le cerraban los ojos por momentos, cada vez más prolongados, en una lucha entre no dejarse vencer por el sueño o permitir que Hipnos, o Morfeo, temporalmente le acogieran en su regazo.

Cuando despertó entraban en la terminal de guaguas, los nietos y su abuela habían desaparecido y pensó que seguramente se apearon del vehículo en otra parada anterior mientras pegaba la cabezadita.

Rápidamente se acordó de la mancha y comprobó que había mermado, aunque seguía en el pantalón. Los viajeros fueron bajando y recogiendo sus equipajes del maletero, agarró su maleta con el bolso colgado al hombro y le preguntó al operario dónde sacar el tique para la Isla Baja.

—¡Disculpe! Podría indicarme dónde puedo comprar el billete para Garachico.

—¡Sí, caballero! Justo detrás de usted. Pero debe darse prisa, si aún no ha salido la guagua está a punto de salir.

Se apresuró en llegar a la taquilla pero cuando lo hizo ya era demasiado tarde, la próxima saldría a las seis y aún le quedaba una hora, así que buscó la cafetería pensando en tomar un café, bien cargado, que le espabilara de la siesta que se pegó en el trayecto.

—¡Por favor! Me pone un café solo.

—¿Cómo lo quiere, filtro o expreso? —le preguntó el camarero.

—¡El que más me espabile!

—¡Le haré uno concentrado que le abrirá los ojos como platos, ya lo verá!

No precisamente como platos, pero sí le entonó el café. El tiempo pasó rápido y se acercaba la hora, esperó en la parada a que el conductor abriera el maletero y guardó en él la maleta, subió y tomó asiento de nuevo junto a la ventanilla.

Empezaba a comprender por qué le llamaban a Tenerife la isla de contrastes, la carretera a La Laguna ofrecía un paisaje totalmente opuesto al del Sur y acompañado del cálido acento canario tenía la sensación de estar viajando por alguno de los países latinoamericanos.

La tarde según avanzaba se volvía gris y las primeras gotas de lluvia cayeron sobre el cristal, en pocos minutos cambió de paisaje y de clima, no obstante, la temperatura continuó siendo la misma, agradable y primaveral en pleno invierno.

La Laguna, ciudad interior, fue antigua capital de la isla y en la actualidad es uno de los conjuntos monumentales más importantes del archipiélago. En la primera parada, la de la universidad, se detuvo la guagua y se bajaron varios pasajeros; otros subieron a ella, en su mayoría estudiantes con libros en las manos y mochila al hombro. El chico que pretendía sentarse a su lado rondaba los veinte años, el cabello medianamente largo, ensortijado, tirando a rubio y con un trato delicado.

—¡Está libre! —preguntó el universitario, señalando con la mano el asiento vacío.

—¡Sí! Lo está.

—¡Buenas tardes! —saludó el chico, al tiempo que tomaba asiento.

—¡Hola, buenas tardes!

Él le contestó con la cabeza reclinada sobre el cabecero del asiento y mirando el paisaje, el estudiante se acopló unos auriculares en los oídos y los enchufó al mp3 que le colgaba del cuello, se aisló de su entorno cerrando los ojos y apoyando la cabeza hacia atrás. La ciudad universitaria y el antiguo aeropuerto de Los Rodeos se quedaban a lo lejos y con ellos el cielo gris, volvió a clarear y el sol del ocaso comenzaba a prepararse para despedirse con una bellísima puesta en el horizonte oceánico.

El chico regresó a la realidad, se desconectó de la música y cogió la mochila que dejó en el piso, entre sus pies, abrió la larga cremallera y sacó un botellín de agua.

De repente se acordó de Andrés y de la mancha que le dejó en el pantalón, pero solo fue eso, un recuerdo poco agradable que le vino a la memoria con una sonrisa. El chico bebía de la botella mientras él le preguntaba:

—¿Sabes cuánto tiempo queda hasta Garachico?

—¡Algo más de una hora! —le respondió el joven.

—¡Todavía queda un buen rato! —exclamó sonriendo.

—Sí, pero no se hará largo, en cuanto pasemos el Puerto llegaremos en un santiamén. ¿Allí se dirige?

—Sí.

—¿De vacaciones? Supongo… Le veo cansado de un viaje largo y el acento peninsular…

—Vengo con la intención de pasarme varias semanas descansando, pero al mismo tiempo quiero comenzar un trabajo.

—¡Yo soy de Garachico!

—¡Ah! ¿Allí vives?

—¡No! Vivo y estudio en La Laguna, a Garachico solo voy los fines de semana a ver a mis padres.

—¿Conoces algún hotel donde pueda hospedarme? No conozco el pueblo.

—¡Depende de lo que busque!

—Es imprescindible que sea tranquilo y limpio.

—¡Pues le aconsejo que vaya a Caracas!

—¿A dónde?

—¡A la pensión Caracas! Es familiar, un sitio limpio y acogedor donde se encontrará cómodo. Está cerca de la parada, cuando baje de la guagua siga la calle de enfrente y al doblar la esquina de la izquierda la encontrará.

—¡Gracias! Aceptaré tú consejo.

—Mi nombre es Mele —dijo el chico.

—El mío Román, Román Ferreira.

Los dos alargaron los brazos y se dieron la mano, un tanto forzados por la posición de los asientos.

La puesta de sol tomó el protagonismo y dejó en silencio a los viajeros, admirando en el horizonte la paleta de colores, que de hermosa llegaba a intimidar.

—¡Preciosa puesta de sol! —exclamó Román.

—Todas son distintas, pero igual de bellas y, como en una tragedia, en todas acaba el océano engullendo al sol de los muertos —decía Mele.

—¡Este es el desvío al Puerto de la Cruz!

—¡Sí! Ya queda menos Román, en poco más de media hora estaremos en la villa y estoy seguro que le gustará.

Las plantaciones de plataneras formaban una inmensa alfombra verde sobre las negras tierras volcánicas, toda la isla es como una inmensa pirámide que nace en la costa y va ascendiendo hacia el centro, a la caldera de Las Cañadas, y culminada por el Teide.

—Me gusta más esta parte de la isla, el sur me resultó demasiado árido.

—Excepto esa zona del aeropuerto el resto de la isla es verde y húmeda, muchas personas que vienen por primera vez tienen la misma sensación que tuviste cuando bajaste del avión, pero pronto se dan cuentan que esta es una isla verde y amable.

—¡En eso también estoy de acuerdo contigo! Me ha sorprendido gratamente la amabilidad de los tinerfeños.

—Nos llaman la isla amable, por algo será.

—Seguramente por lo que sois, gente afable.

—¡Gracias! —le respondió Mele.

La conversación fue haciendo el trayecto más ameno y Mele tenía más razón que un santo cuando decía que pasando el Puerto estarían en Garachico en un santiamén. El sol se marchó y la noche no permitía ver el paisaje, pero ya tendría tiempo para ello, ahora lo que deseaba era llegar a su destino y después de un buen baño y una cena ligera, una buena cama para dejarse atrapar por los sueños.

—Pasado el túnel que viene a continuación habremos llegado. Usted se baja en la primera parada, yo continúo hasta la siguiente —dijo Mele.

—¡Bueno, pues… ha sido un placer compartir viaje contigo! Espero que volvamos a coincidir —dijo Román.

—¡Estoy seguro que sí, que nos veremos en más de una ocasión! —exclamó el joven.

—¡Adiós Mele!

—¡Adiós Román, encantado de haberle conocido! —se despidió el joven.

Las primeras luces de Garachico aparecían entrando por el paseo marítimo y al fondo un pequeño castillo de una sola planta, cuadrada y de color negro como el de la piedra basáltica que lo compone, a diferencia del campanario que presumía de color blanco. A la derecha el Roque, símbolo de la villa garachiquense, durmiendo sobre su lecho atlántico y plateado por la vecina luna del trópico de cáncer.

La guagua se alejaba y Román quedó en la parada, junto al castillo de una puerta con escudos heráldicos labrados sobre ella. Frente a él la calle que le dijo Mele, era corta, con varias casas a cada lado, pero mientras la cruzaba se sintió transportado a otro tiempo. Subió los peldaños de una escalinata y dobló la esquina. A pocos pasos vio el discreto letrero que anunciaba la pensión recomendada, Caracas.

Era una antigua casa señorial del siglo dieciocho, restaurada, con la fachada blanca y grandes ventanas de guillotina en las dos plantas, guardando un orden estricto entre ellas y consiguiendo una distribución ordenada y simétrica. En el centro de la fachada, la puerta acoplada en cantería y sobre ella un precioso balcón, también en pino tea y de color miel.

Capítulo perteneciente a: La reina del Puerto

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Antonio Torres Rodríguez

By |2018-01-09T11:42:42+00:00enero 9th, 2018|Novelas Alféizar|0 Comments

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