El Cetrero

De niño, en el campo de mi padre, conocí a un peón que cazaba con un ave. Nunca entendí por qué esa extraña práctica me atraía.

Eulogio tenía un pequeño halcón con el que salía a caminar por las tardes y me permitía acompañarlo siempre y cuando guardara silencio y obedeciera sus indicaciones. Pasábamos horas andando hasta que era sorprendido por el elástico salto del halcón que, en busca del espacio, usaba el brazo de Eulogio como rampa de despegue. Seguía con atención las piruetas del halcón hasta que de forma mágica quedaba suspendido en el cielo para luego recoger sus alas y caer en picada. Casi siempre terminaba impactando en una desprevenida perdiz que andaba entre los pajonales provocando una nube de plumas y polvo. No importaba las veces que lo viera; siempre me impresionaba.

Ya en mí adolescencia supe y me interesé en la cetrería y, años después, decidí practicarla. En la ciudad, los clubes de cetrería son círculos cerrados y mucho depende la aceptación de un aspirante de la recomendación de un socio. Al no contar con un mecenas sólo quedaba peregrinar por los clubes en busca de una oportunidad.

Una tarde, mientras visitaba una asociación de cetreros, recordé un dicho de mí abuelo: “si quieres saber algo; ve a un bar” y se me ocurrió comprobarlo. Me dirigí a una mujer que hacía de secretaría, algo mayor para mi gusto:

-Disculpe señora, ¿hay algún lugar aquí donde pueda tomar una gaseosa?, es que el calor está terrible.

-¿El bar? Sí, pase, está al fondo tirando a su derecha, verá un cartel -contestó ella sin siquiera mirarme.

Crucé por una puerta y encontré un caserón típico del barrio de San Telmo. Grandes puertas con celosías que daban a un patio común donde el perfume de glicinas y malvones lo envolvía todo. Como me había indicado la vieja secretaria, sobre la pared de la derecha y delante de una de las puertas, di con un cartel de madera tallada que colgaba de un palo por dos gruesas cadenas. En él se leía “El Cernícalo”. Entré y tomé asiento en una de las mesas.

-¡Buenas tardes! -dije con voz fuerte y respetuosa.

 -¡Buenas! -todas las personas contestaron al unísono.

El bar era sencillo con apenas unas cuatro mesas de madera con sillas de esterilla. En las paredes habían algunos cuadros con fotografías de todos los tiempos, cetreros sosteniendo sus aves y otras sólo de aves. Inmediatamente se me acercó un joven de aspecto amable:

-¿Qué se sirve?

-Una tónica con limón, por favor -contesté.

El joven se retiró sin agregar más palabras, pareció evitar cualquier conversación. Mientras miraba las fotos, puse especial atención para escuchar qué hablaban cuatro personas de mediana edad que estaban sentados a mi derecha.

-Era un terreno amplio y llano, me habían asegurado conejos y alguna que otra liebre -dijo con voz ronca el más delgado qué vestía una casaca color caqui -. Comencé bien temprano,  Harrier se comía la maleza con los ojos, deberían haberlo visto, todo apuntaba para ser una jornada gloriosa. Habrán pasado unos quince minutos cuando Harrier se me va de la mano y veo que hace presa a unos treinta metros de mí. ¿Se imaginan? Corrí como loco hasta el lugar pensando encontrarme con un conejo o una libre pero al llegar vi que Harrier tenía entre sus garras una culebra. Intenté sacársela pero me miró y pareció decir “¡No!” y tuve que esperar hasta que él quiso dármela. ¿Se imaginan mi desilusión?

-¡Me imagino Osvaldo! -respondió el que estaba a su derecha, lo recuerdo ya que tenía una coleta hecha con su cabello castaño-, pero ya te lo había dicho, el vasco es el mejor entrenador pero tiene esas cosas. Él prioriza la libertad de elección del ave. ¡Qué le vas a hacer! Ten paciencia Osvaldo, ten paciencia.

-¡Sí Osvaldo! Federico tiene razón -interrumpió el que estaba a su izquierda luego de apoyar pesadamente un chop de cerveza a medio beber -. El vasco es un cetrero muy particular, ya no hay quien entrene aves que han sido recuperadas de la naturaleza, eso lo diferencia del resto y todos sabemos que tiene sus riesgos.

-Lo sé Ignacio, lo sé…  Aún pienso que elegir una de las aves del vasco fue lo mejor; yo seguí bien de cerca el amansamiento, el entrenamiento de vuelo y de caza de Harrier y estoy satisfecho; esperaré los resultados -pareció que Osvaldo daba fin a la conversación.

La cuarta persona había guardado silencio, tan solo miraba fijamente su taza de café. Me pareció que era el mayor de todos, tenía arrugas que parecían grietas como la tierra sedienta de lluvias. Sus pesadas y tupidas cejas daban marco a unos pequeños ojos celestes que se destacaban hundidos en la piel cobriza curtida por el sol.

-Sean sinceros, mal que nos pese, el vasco es el mejor de todos -acotó al que creía el mayor y que estaba frente a Osvaldo-. Él entrenó a Sky, el que fue y será mi mejor compañero. No habrá otro igual.

-Sí Pedro, pero tú has perdido a Sky -dijo Federico.

-¡Yo no perdí a Sky! -exclamó Pedro casi alzando su voz-. Él optó.

-Disculpa, yo no sabía nada. ¿Qué fue lo qué pasó Pedro? -dijo Osvaldo con voz afligida.

-Estaba avanzada la temporada y las escopetas furtivas habían masacrado casi todo lo que vivía en el monte -comenzó a relatar Pedro, algo más calmado -. Aún así, me dispuse a caminar por el terreno con Sky para ver sí podíamos cazar algo. Tras unos cuantos  minutos de caminata y sin tener suerte alguna, decidí ir para el lado de la laguna, en donde a veces las liebres buscan refugio. Apenas comenzamos a caminar se levantó una libre entre los robles; en ese momento, Sky salió tras ella. La liebre corría sabiendo con certeza el peligro que la acechaba cuando, a unos cien metros, vi como mi halcón la alcanzaba y corriendo me dirigí en busca de la presa. Mientras llegaba podía ver la lucha de ambos animales, uno para cumplir con su instinto y lo aprendido en el entrenamiento, el otro para salvar su vida; en mi interior estaba convencido de que era una lucha desigual, Sky jamás había perdido una liebre. Cuando llegué al lugar mi buen halcón estaba tirado sobre la tierra mientras su corazón parecía querer salir del pecho hinchado, de la liebre sólo quedaban  entre sus garras algunos pelos manchados de sangre. Levanté a Sky y la revisé minuciosamente; no comprobé ninguna herida, era evidente que la liebre lo había alcanzado con una patada. Sky estuvo varios días aturdido, hasta que una tarde creyéndolo repuesto, decidí volver a la laguna por la revancha. Salió una liebre, y otra, y otra y mi Sky parecía no enterarse.

-¿Les habrá tomado miedo? -preguntó Osvaldo.

-Eso mismo pensé yo -siguió entusiasmado con su relato-. Así que decidí viajar a Ranchos con Sky para que lo viera el vasco. Al encontrarme con él le narré lo sucedido y le pregunté si podía ser que Sky le hubiera tomado miedo a las liebres. “¿Miedo?”, me dijo, “este halcón no conoce el miedo, vamos a hacerle un señuelo con trapos que simule una liebre mediana, veamos si la atrapa y de ser así,  lo dejaremos que se cebe en ella hasta hartarse”.

-¡Por Dios! Continúa, ¿qué fue lo que pasó? -dijo Osvaldo.

-No pasó nada. Sky no mostró interés y sólo fue a posarse en la rama de un ombú. Desde allí nos miró por un rato, luego dio unos giros sobre nuestras cabezas hasta que rumbeó para el sureste. Esa fue la última vez que vi a Sky.

-Esa parte no la conocía, pero ¿qué explicación te dio el vasco? -preguntó Ignacio.

-Vos sabés bien cómo es el vasco -Pedro retomó la conversación pero esta vez su voz parecía abatida -, se metió en su tapera, puso la pava a calentar,  guardó un largo silencio y se preparó unos mates. Yo no podía articular palabra hasta que por fin pude preguntarle: “¿Qué pasó con Sky, vasco?”. Él se acomodó en su banqueta, dejó el mate en la mesa, encendió su cigarro armado y le pegó una larga pitada, agachó la cabeza y mirando al suelo me dijo:

Es imposible ganar sin saber perder, andar sin saber caer, acertar sin saber errar, vivir sin saber morir. El éxito es ser feliz. Acertar, errar, triunfos, derrotas, son sólo consecuencias. Lo siento mucho, Sky no volverá, él  no le teme a las liebres, él no ha soportado fallar.

Por un instante ya nadie habló, se  podía respirar la congoja y el desconsuelo de Pedro. No pude evitar mirarlo y me conmoví al ver sus lágrimas que comenzaban a asomar de sus ojos. Aquel hombre hizo un rápido movimiento con su brazo derecho y secó la prueba del dolor con la manga de la camisa sin intentar disimularlo.

Un respetuoso silencio invadió a “El Cernícalo”.

Apuré mi tónica con limón, dejé unas monedas sobre la mesa y partí; mí abuelo tenía razón. Tenía lo que había ido a buscar, la persona era “el vasco” y él vivía en Ranchos, a unos 120 Km. de la Ciudad de Buenos Aires.  

El sábado me desperté bien temprano y emprendí el viaje. Tomé la autovía que va para Mar del Plata y a la altura del cruce Echeverri, tiré para el lado de Brandsen.

A partir de allí el paisaje empezaba a cambiar y la vista se perdía en la llanura que cada tanto se cortaba por algún monte de eucaliptos, un ombú o una manada de vacas.

Mientras manejaba recordé la escena en El Cernícalo y trataba de comprender las sensaciones relatadas pero me resultaba difícil ya que si bien estaba ansioso por tener mi ave también me embargaba un profundo temor a perderla como le había pasado a Pedro. Por momentos hasta dudaba de lo que estaba por hacer pero el deseo de ver un halcón posado en mi brazo parecía ser mayor que el temor.

Luego de más de una hora y media llegué a Ranchos, un pueblo característico del interior, con sus calles angostas que llevan a la plaza central donde conviven. Una modesta  iglesia con  escalinatas gastadas, el edificio de la municipalidad de arquitectura más moderna, la comisaría y la sucursal del Banco de la Provincia de Buenos Aires con sus columnas toscanas y grueso portón de madera. A la derecha, terminando el polígono, estaba la escuela con sus ventanas abiertas que parecían querer atrapar el fresco que regalaban los árboles de la plaza. El resto eran casas bajas con paredes pintadas de blanco. Llamaba la atención lo bien cuidadas que lucían con sus ventanas más altas que anchas cubiertas con cortinas de finas tablas para enrollar y rejas de barrotes forjados con figuras artesanales.

Me sorprendió comprobar que, incluso en estos días de inseguridad, las puertas de algunas casas permanecían abiertas y dejaban a la vista un pequeño corredor que termina en otra puerta de dos hojas con vidrios repartidos y biselados. Era increíble; tan solo 120 Km. eran suficientes para poder recordar cómo se vivía en la mismísima Ciudad de Buenos Aires hace 40 años.

Estacioné y  mientras cerraba y accionaba la alarma del auto me sentí un tonto o, mejor dicho,  un perseguido. Comencé a caminar sin saber bien dónde podría preguntar por el paradero del vasco. Por casualidad, pasé frente a un negocio de caza y pesca y decidí entrar:

-Buen día -dije con tono amable.

-Muy buenos días señor ¿en qué puedo servirle? -me respondió cortésmente un hombre  mayor  con un hermoso pañuelo rojo anudado al cuello al estilo campero.

-Mire usted, en la Asociación Argentina de Cetrería me han dicho que por aquí vive una persona apodada “el vasco”, que se dedica a la cetrería. ¿Usted podría decirme cómo encontrarlo?

-Claro que sí. Deberá salir usted del pueblo en dirección para Chascomús y tomar por el camino de ripio, lo encontrará fácilmente ya que su campo comienza justo donde hay un gran ombú. De ahí tendrá que andar una legua y media, cruzar una tranquera y desde ahí verá el rancho de Don Iñigo Iparraguirre, el vasco  -dijo el hombre mientras esbozaba una sonrisa amigable.

-Muchas gracias amigo -le respondí tratando de imitar la misma sonrisa.

Estiré la mano para estrechar la suya como lo indica la costumbre. Sabía que había utilizado una mentira para sonsacarle información pero luego comprendí que no hubiera sido necesario, esta gente resultaba  ser más abierta y amable que los porteños. 

Con indicaciones tan precisas era imposible no dar con el rancho del vasco. En pocos minutos  estaba golpeado las palmas a modo de “llamador” frente al pequeño y humilde rancho.

-¡Buenas! ¿Hay alguien? -dije casi gritando.

El ruido provocado junto a mí vozarrón hicieron levantar vuelo a varias aves que estaban escondidas en los follajes de los árboles cercanos. Pude identificar algunos halcones con plumajes pardos y manchas rojizas y otros blanquecinos con el vientre rayado en tonos  grises. Unos azores como de medio metro de largo de color negro y vientre blanco, alas y pico negro, cola cenicienta y torsos amarillos. Pequeños gavilanes con plumaje gris azulado con fajas onduladas de color pardo rojizo en el cuello, pecho, vientre y cola pardas con rayas negras. Lechuzas blancas de cabezas redondas, picos cortos y encorvados en la punta y muchas más que no alcancé a reconocer. Estaba tan entretenido que no percibí unas molestas puntadas en el cuello producidas por el esfuerzo. Una voz ronca me sorprendió:

-¡Kaixo! Egunon amigo.

Miré hacia el rancho, desde donde caminaba hacia mí un paisano con boina de ala ancha. Pañuelo negro al cuello, camisa blanca arremangada, charretera ojo de perdiz, bombacha verde oliva y alpargatas negras bien bigotudas.

-Buenas ¿es usted Don Iñigo Iparraguirre? -respondí amablemente al saludo del paisano.

-Bai, ¿en qué puedo servirlo?

-Me han dado su referencia en la Asociación Argentina de Cetrería, yo ando en busca de un ave para cazar y quisiera saber si usted podría entrenarme alguna.

-Amigo ¿por qué viene a mí con mentiras? La Asociación jamás pudo haberle dado mi referencia, ellos no creen que sea un buen cetrero. Dígame usted que es lo que busca directamente y seamos sinceros.

Inmediatamente le relaté mis recuerdos junto a Eulogio y su pequeño halcón y sin olvidar detalles le repetí al vasco la conversación que había escuchado en “El Cernícalo” y  por la que conseguí su referencia.

Se tomó unos instantes para contestarme como analizando el relato y dijo:

-Y dígame usted amigo,  específicamente, ¿qué es lo que desea cazar?

-En mi campo hay muchas perdices, sería ideal contar con un compañero de caza que sea ducho en perdices —terminada la frase mis palpitaciones subieron ante la posible negativa del vasco.

-Lo pensaré y veré qué podemos hacer. Vuelve bihar a las siete, tomaremos unos mates y charlaremos.

-Perdone usted ¿qué es bihar?

-Disculpa chaval, hace muchos años que vivo en Argentina y aún no me he podido acostumbrar. Bihar es mañana en euskera, ven mañana.

-Señor, una última pregunta ¿dónde están las jaulas con las aves entrenadas? Estoy ansioso y quisiera ver alguna.

-Las acabas de ver muchacho, acabas de verlas volar por sobre tu cabeza.

-Pero esas aves están libres ¿qué clase de cetrero tiene las aves libres?

-¿Tú crees que un buen cetrero es aquél que tiene muchas aves en cautiverio o varias viviendo libremente con él listas a acompañarlo en una cacería? Piénsalo, mañana lo charlamos. ¡Agur! Compañero.

Volví al pueblo buscando un hotel económico y cercano al pequeño centro comercial. Estaría hospedado poco tiempo, sólo quería tomar una  ducha y descansar, después de todo, la siesta por estos pueblos es algo así como la tradición del té en Inglaterra y eso me agradaba. Muy a mí pesar no pude conciliar el sueño, invadían mi mente las imágenes de aquellas aves revoloteando sobre mi cabeza y como una música de fondo las palabras que el vasco me había lanzado como “tarea para el hogar”.

¿Qué relación tendría aquel cetrero con las aves en libertad? ¿Cómo conseguiría su lealtad? ¿Por qué había otros cetreros que preferían las jaulas? ¿Podría apasionarme con la cetrería aun sabiendo que puedo perder al ave que elija?

Demasiadas preguntas para pocas respuestas, sólo sabía que deseaba poder cazar con un halcón y la posibilidad que me ofrecía el vasco me resultaba tentadora. Las ideas me abordaban una tras otra, pensar en tentaciones me daba algo de temor, temor a perder “mi ave” si decidiera ir tras sus propios deseos, instintos, caprichos y humores y ese día la felicidad que hoy persigo se vería convertida en una profunda tristeza. Estos pensamientos resultaban incómodos. ¿Cómo podría desear y temer al mismo tiempo? ¿Podría desear y nunca temer? Daba vueltas y vueltas en la cama hasta que vino a mi mente en forma sorpresiva la palabra libertad y sentí que la condición de libertad me producía una gran contradicción con el sentimiento de pertenencia.

Entonces comprendí qué buscaba el vasco con aquella pregunta, entendí que jamás se es dueño de nada, que sólo en libertad podemos compartir instantes, momentos, y que nada asegura la pertenencia. Este último pensamiento me abrió una nueva duda: ¿existe la pertenencia?

El resto de la tarde pasó rápidamente, cené sobre las 19 horas ya que la cita con el cetrero era muy temprano y no quería perdérmela. Antes de amanecer, tomé un café bien cargado y me dirigí al campo del vasco. Al llegar al ombú que marcaba el ingreso al camino de ripio, los rayos del sol empezaban a rasgar el cielo con gruesos hilos anaranjados. Se podían escuchar algunas aves que tímidamente ensayaban sus gorjeos, el croar de algún sapo que no había alcanzado aún su agujero en la tierra y los gallos que avisaban la llegada de un nuevo día. Sobre una de las ramas del ombú pude ver un halcón peregrino que, con un ágil movimiento, se escondió entre las hojas de un eucalipto. Mientras manejaba sobre el ripio tuve un raro presentimiento. Saqué la cabeza por la ventanilla y vi al halcón peregrino volando en círculos y a muy baja altura sobre el techo de mi auto. Me detuve frente a la tranquera mientras seguía disimuladamente al halcón que a unos metros me miraba fijamente posado sobre uno de los palos del alambrado. Era algo muy extraño, sentí que el peregrino me observaba y eso era inquietante.

Cuando estuve frente al  rancho del vasco golpee mis manos, el peregrino voló sobre mí y se metió dentro del follaje de un ceibo que tenía cientos de flores rojas punzó. El vasco salió y con una sonrisa me recibió amablemente:

-¡Egunon! Llegar temprano es buena señal.

-Buen día Don Iñigo

-¿Quieres unos mates chaval?

-¿Cómo no? Mal no me vendrían.

-Pasa, mi tapera es humilde pero no le falta nada. ¿Cómo has dicho que te llamabas?

-No, no se lo dije, mi nombre es Julio, Julio Hernández.

-Y, dime Julio, ¿ya lo has visto?

-Perdón, ¿qué debía haber visto?

Llenó de yerba el mate galleta, lo volcó sobre la palma de su mano y comenzó a sacudirlo firmemente, luego se quitó el polvillo refregándosela contra su bombacha. Hizo un agujero con su índice en uno de los costados y echó un chorro de agua tibia para luego clavar la bombilla.

-Poco perceptivo Julio, si Cupán te escuchara se desilusionaría.

-¿Cupán? ¿Qué es cupán?

Tomó la pava que ya humeaba y se cebó un mate que saboreó largamente hasta hacerlo sonar. Siempre en silencio, sirvió otro y me lo ofreció. Mientras lo tomaba, con voz pausada comenzó a hablarme casi como lo hacía mi padre:

-Cupán no es “qué” sino “quién”. El ave que te ha seguido desde el ombú es un halcón peregrino, mejor dicho, es tres cuartos peregrino de dorso pardo y cabeza clara y un cuarto de gerifalte, una especie muy rara. ¿Sabes? Se la creía inexistente por aquí,  es originaria del este de Europa, vaya a saber uno cómo llegaron sus ancestros a estas tierras. Cupán es muy especial. Yo le he puesto ese nombre, es araucano, y significa “ven”.

-¿Usted quiere decir que ese halcón me ha seguido? 

-Julio, Cupán no te ha seguido, Cupán te ha elegido.

-Pero yo no, no sé si es el ave que he venido a buscar, ni sé si es capaz de reconocer una perdiz.

-Calma Julio, el ansia es mala consejera. Hay pequeños mundos dentro del que conocemos y donde se deciden cosas importantes y nosotros no tomamos parte. Hay sucesos de los cuales ni nos enteramos y sin embargo existimos gracias a ellos. Cupán, como tú, desea cazar perdices, créenos o márchate.

Tomé el mate como para ganar algo de tiempo y pensar lo que el vasco me acababa de decir. Le devolví el mate galleta y carraspeando le pregunté:

-¿Podría contarme algo sobre Cupán?

-Cupán es y será por siempre un animal salvaje que lleva la bravura encriptada en los genes. También es un ave dócil que no se asusta de nadie ni de nada ni siquiera del ambiente que lo rodea. Cupán ha perdido el miedo al entorno y a pesar de ello no es agresivo.

-¿Pero él ya ha cazado?

-Cupán es un gran cazador. Sólo necesita un compañero, ha nacido para cazar por eso es muy importante que te complementes con él. A partir de entonces tú y Cupán se convertirán en compañeros inseparables y así vuestra amistad se sellará.

-No sé bien porque pero creo que me ha convencido, ¿cuándo empezamos el entrenamiento?

-Cupán no necesitará del sonido de un silbato, ni de redes, ni de aparejos, ni destorcedores, yo diría, humildemente, que está ya en su punto de introducción para apresar perdices.

A esta altura el mate iba y venía y cada vez yo tenía más y más dudas de cómo hacerme de Cupán, ¿en qué jaula me lo llevaría, cuál sería su caperuza, cuál mi guante, que cascabeles usaría, que tipos de aperos llevaría y tantas otras cosas? Todo eso se había reflejado en mi cara porque el vasco dijo:

-Siento que sigues muy ansioso Julio, intuyo que jamás has tenido un ave con la que cazar y mucho menos una que ha vivido libre desde su nacimiento. Cupán, como tantas otras aves aquí, son libres por elección. No temas, él te ha elegido, tú tan solo deberás responder a lo que Cupán te pida y cuando te lo pida, eso es lo más importante. Ven, acompáñame.

Salimos al campo. Cupán estaba firme en uno de los travesaños de un improvisado corral siguiendo nuestros movimientos con atención sin perder el más mínimo detalle. El vasco me dio un pedazo de cuero de vaca y con voz amable me dijo:

-Ven muchacho, estira tu brazo izquierdo, cúbrete con este cuero y mantenlo bien firme.

Así lo hice, el vasco colocó su labio inferior bajo el superior y emitió un silbido corto y enérgico. Escuché el aleteo de Cupán que cortaba el aire y sus alas golpeaban acompasadamente su cuerpo que sonaba como un tambor. Sentí cómo se posaba en mi brazo y se aferraba firmemente con sus garras sin hacerme ningún daño. Giró su cuello mientras sus grandes ojos negros me miraron a modo de presentación. Recuerdo que su pico corvo no me dio temor pero sí respeto. El vasco siguió guiando mis movimientos:

-Ahora, despacio Chaval, suavemente, eleva unos centímetros tu brazo y déjalo caer.

Apenas sintió el sacudón, Cupán salió despedido hacia el cielo y comenzó a dar giros en derredor de nuestras cabezas.

Mis ojos trataban de seguirlo, una mezcla de alegría y entusiasmo me embargó. Recordé la primera vez que remonté un barrilete y de inmediato me pregunté: ¿cómo haría para volver a tener a Cupán posado en mi brazo? El vasco me dio unas palmadas en la espalda mientras  dijo:

-Después de todo ha sido sencillo ¿no es así Julio?

-Si, pero ahora ¿cómo volverá?

-No temas, esto es así. En cada vuelo Cupán arriesgará su libertad para tenerla, la libertad que él tiene se confirma cuando decide y elige. Tú mantén el brazo extendido y la mano cubierta con el cuero, siempre firme.

No terminó de decir estas palabras que Cupán estaba nuevamente aferrado a mi brazo. El vasco sonrió y pude sentir su felicidad confundiéndose con la mía.

-Pues ya, chaval, ve por los objetos que quieras, Cupán te acompañará, ya están listos para salir a cazar, él te esperará aquí.

-Pero Iñigo, ¿cómo sabré que Cupán volverá cada vez que vuele libre en busca de una perdiz?

-Nunca, nunca lo sabrás Julio.

-¿Será que le falta entrenamiento? Si es así dígamelo y pagaré el precio que sea pero debo tener la seguridad que vuelva.

-No existe precio para la libertad pero sí una bellísima recompensa para quien la utiliza con grandeza. Procura hacer día a día más grande la amistad con Cupán y serás merecedor de su confianza, eso acrecentará el vínculo y no tendrás más temores.

-Pero, ¿si alguna vez no volviera?

-Recuerda Julio, siempre se gana lo que se deja y se pierde lo que se retiene.

Volví a sacudir mi brazo y Cupán voló esta vez al techo de aquel rancho humilde hundido en medio de la llanura pampeana. Estreché la mano del vasco y me despedí con un “hasta luego”; él solo dijo:

-Agur compañero, te esperamos.

Ese día no volví  a la tapera del vasco y ya pasaron dos  meses de mi viaje a Ranchos. Quizás regrese cuando la idea de la libertad me resulte menos conflictiva.

Relato perteneciente a: La flor del parque

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Néstor Rubén Giménez

By | 2018-01-10T11:42:22+00:00 enero 10th, 2018|Relatos Alféizar|0 Comments

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