Posdata: Despiértame cuando haya muerto

Mar de ruido, proyección tempestuosa, luna inexperta ante la situación que me encuentro, un tac tac, suena el corazón y mi espejismo se dilata. Abro los ojos y te veo, estas ahí, en la incertidumbre de no saber si te miro o solo veo el infinito que se torna en las cuatro paredes que me encuentro.

Nueva bocanada de aire, miro a mi alrededor, taciturno con la alucinación que no se va, trato de respirar y no atragantarme con el regocijo y a la vez amargura que me produce estar tirada. Calle 27, marginal y poderosa en el deambular del fracaso, nocivo momento en que se pierde el inicio del final, no se encuentra un antes, no se encuentra el después.

Doce balcones a cada lado, a los que, si se observa con el sigilo del detalle, se encontrarán elementos del vivir entre pintura y cerrojos que encadenan destinos perturbados por el rechazo a no aceptar lo vivido, por no aceptar lo encontrado, no por mérito sino por destino, uno insensato, pero siempre dándole el frente, un barrio que lo lucha.

Pocas flores, un ambiente espeso en donde el umbral de la tranquilidad sale cauteloso por la puerta de atrás diciendo a media voz que su propósito fracasó. La expectación, la convicción de saber que en cada balcón con su aire barroco en la calle 27, no son más que cemento pudriéndose con la poca pintura que queda y dentro de éstos esperan algunos un nuevo día que denote un poco más el deterioro, un recuerdo, otro adiós.

Aquí no juega el acervo, aquí no juega la escasez, solo aparecen vidas que lo tienen y quienes lo anhelan, pero marcados por un destino que se va descubriendo a medida que las mentes vislumbren, para muchos lo visible, para otros el desasosiego de no comprender que lo visible es un mecanismo que nos moldea, nos destruye, hace de nosotros mendigos de esencia o abundantes en nuestra propia naturaleza, una nueva persuasión.

En este caso podría ser la ilusión de querer ser algo y no poder, o la realidad de no querer ser alguien, pero vivirlo con sumisión, aprender del destino que corresponde a cada uno; en mi caso, es un aprendizaje majestuoso en donde un barrio se convierte en un mundo con pequeños terruños, personalidades y creencias que se dan la mano por la misma premura, hoy la veo en cuatro paredes, en este mar de ruido que aún se proyecta tempestuoso.

Así es en la calle 27, protagonista del ocio que se apoderó de mi cordura y se la entregué con pasión, nunca me arrepentiría de los momentos compartidos y vividos en la mitad de mi vida, porque la otra mitad aún no sé dónde quedó, aún no sé quién la tiene o si realmente era mía. Sensaciones mentales que nunca entendí, las que me hacen mitad lógica mitad inconclusa, que me brinda alegrías, me despoja de ellas con la realidad de mi enfermedad, la que trato de obviar escabulléndome en este sitio en el que no importa si piensas, sientes, si estás vivo o estás muerto, solo importa que traigas el deseo de entender lo que no podrías cambiar y aprender a vivir con tu personalidad, con la que no te pertenece.

Eso es tener que vivir con dos de las mías, la enferma y la virtuosa, personalidades que piensan y actúan diferente, pero hacen parte de una sola, de este inmodesto vivir, una es más egoísta que la otra, una se toma un café y siente estar viva, la otra anhela un café creyendo estar muerta. Esa era mi calle, esa era mi gente, aun no entendiendo qué parte fui de ésta.

Una calle ostentosa, refulgente con cada forma. Don José y su panadería que se mantenía llena más de moscos que de gente; Adria, una mujer despampanante con una fragancia a París desnuda y vodka con naranja, pero en realidad era el aroma a una ducha detallada que permitía luego disfrutar de su olor y volar con él a lo más profundo de su instinto pasional, desembocando el propio, dejándonos con las ganas de tocar esa bella piel que no pertenecía a nadie pero que todos querían ser dueños de ella.

En las esquinas, todos los que hoy me rodean, e impotentes ante lo vivido, se limitan a brindar su lástima, mientras yo respondo con el coraje de no recibirla. En un instante de agobio preferí morir en mi calle y vivir en su historia.

Aquí estoy yo, entre la entrada del socavón y un paso a la muerte, donde comenzó mi historia y termina, después de un vodka, la tempestad de la ilusión llamada vida, solo fue un espejismo que hoy termina con la verdad, me estoy muriendo.

Sirvo de nuevo el café que ya se ha enfriado quizás tres veces, quizás diez, pero que sigue siendo el mismo con un cigarrillo diferente. Abro el ventanal de la pequeña habitación en la que estoy, en la que trato de identificar mi esencia perdida, con la que trato de rozar el doliente recuerdo de mi corazón para sentirme un poco más viva de lo que no estoy. Me siento en la silla blanca deteriorada que hace parte de un juego incompleto, trato de darle vida a las hojas que he tomado por unas cuantas veces, como el tinto sin tomar, como el cerillo sin prender, y el último cigarrillo de una de las cajas que se encuentra en la improvisada mesa de noche.

Trato de recordarlo, pero mi mente turbia juega conmigo al dejarme ver destellos de lo que quiero plasmar y de lo que quiero enterarme, pues no sé si sea real o sea el desasosiego de querer atinar por medio de un pasado que enterré.

Cierro los ojos, veo su cara, la tierna cara de un rostro sin dueño, de una vida sin vida, de un matiz que hace énfasis en que pudo ser el boceto de un hombre, hombre que cambia, hombre que añora, hombre que es hombre por ser quien entrega lo opuesto a este cuerpo inerte que hace parte de un fragmento femenino apodado mujer, Federico Valencia, mi hombre.

Ahora la recuerdo a ella, esa madre, digna y perturbada de quien lo tuvo y lo perdió, adicta a lo que es suyo, pero no perteneció. Decepcionante recuerdo que siempre fue mi gran consuelo, el ejemplo que no quise ver, mas siempre lo llevé dentro como sangre que te sigue, como aire necesario para vivir lo que ha llegado a ti y aceptarlo sin desprecio.

Me siento de nuevo, arrastro la hoja con mis dedos, tratando de omitir el temblor que de éstos sale mientras trato de organizar un poco mi mente, cierro los ojos, respiro hasta más no poder, sintiendo cómo el humo del último cigarro de la cajetilla, entrega su aliento a nicotina, indicando con su humo: ve por otra cajetilla porque la necesitarás.

Cuando abro los ojos y miro debajo de la mesa, reacciono, veo mis pies postrados en esa silla, en la que me condené y he condenado mis días. Silla de olvidos ajenos a lo que quiero recordar, recuerdos que olvido porque se me hacen ajenos a la realidad que me toca y tampoco se olvida.

Solo es costumbre, costumbre de no sentir más debajo de tu ombligo. Ahí me doy cuenta, quizás por una vez más que no me senté en la silla blanca que hace parte de un juego incompleto, sino en la que por algún tiempo ya he estado postrada.

Vuelvo y tomo conciencia, veo que perdí de nuevo el horizonte de lo que al principio he querido hacer.

Me decido por comenzar por un principio, ya que siempre que trato de hablar del principio de mi pasado termino hablando del final de este presente, el desenlace de lo que fue y a la final nunca digo nada de lo que era. Quizás dure más este café intomable.

Texto perteneciente a Posdata: Despiértame cuando haya muerto

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Juan David Hernández Upegui

By |2018-01-16T12:08:55+00:00enero 16th, 2018|Novelas Alféizar|0 Comments

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