La gallina de cuerda

-Señor, señor, ¿a dónde va? ¿Por qué lleva ese ramo de flores? Señor, señor…

Preguntó el niño. Sus ojos parecían grandes platos queriendo salir de sus orbitas, su cabello ligeramente despeinado brincaba un poco, de un lado al otro conforme caminaba, casi corriendo, con la emoción de un niño que va descubriendo su mundo; su sonrisa era amplia y llena de curiosidad.

Pero el hombre, vestido con un traje negro, gafas oscuras y llevando un ramo de flores en las manos pareció ignorarlo… o simplemente lo ignoró, no agachó la mirada para verlo o responderle, ni siquiera se mostró molesto por el cuestionamiento del pequeño, su paso siguió firme.

-Señor, señor -siguió preguntado el niño, poniéndose enfrente del hombre, que ni siquiera se detuvo y siguió su camino, al grado que tuvo que saltar prácticamente para no chocar con sus piernas. El pequeño quedó detrás, detuvo su paso y gritó:

-Me llamo Rafael, señor, ¿quiere jugar conmigo?, nadie quiere jugar conmigo y busco alguien para jugar… señor, señor -y su voz se perdió en el lugar, no hubo un eco que le regresara la voz, no hubo una respuesta, no hubo ni siquiera un poco de viento que fingiera responderle su inquietud, que compartiera su sentir.

Pero el hombre no se detuvo, no volteó, no giró siquiera un poco su cabeza, siguió su camino a paso firme, no iba rápido, pero era un paso constante hasta llegar a un grupo de personas que se encontraban alrededor de una de tantas pequeñas construcciones que sobresalían del piso y en las que él jugaba por las tardes, cuando ya no había nadie más.

Pudo ver cómo rodeaban todos un hoyo en el piso –¿o quizá era otra figura, un cuadrado?, algo que no conocía mucho, que había en ese suelo, y no se explicó por qué lo hacían. ¿Acaso era un juego nuevo o habría algo que se había perdido y que todos buscaban? No dejaba de sentir una mezcla de emoción y dudas.

Se quedó un instante viendo y notó algunas personas llorando, no era extraño, casi todas las personas que iban ahí lo hacían, era común y frecuente ver lágrimas de aquellas personas que nunca lo miraban, que nunca le hacían caso, que nunca jugaban con él.

El color negro predominaba entre la ropa de todos los que asistían y siempre, todo el mundo se colocaba alrededor de los hoyos en el piso, más tarde se retiraban y sólo se quedaban algunos hombres volviendo a llenar el espacio con tierra, los veía sudar, los veía muy de cerca, pero ellos también lo ignoraban.

Uno de los hombres que echaba tierra fue el primero que conoció en ese lugar, justo cuando despertó del sueño y le habló, pero fue, también, el primero en ignorarlo, el primero en no querer jugar con él, pero luego de que terminó de echar tierra, por un instante pareció quedársele viendo, justo cuando el pequeño se había sentado bajo un árbol cercano y se retiró muy rápido.

Siguió viendo el cuadro de siempre, la gente alrededor del hoyo, pero hubo algo que le llamó la atención, de entre todos ellos, sobresalió una pequeña niña de cabellos dorados, vestido muy blanco y una enorme sonrisa… y lo miraba justo a él, lo miraba con un gesto de gusto, de emoción, que lo hizo pensar que podía tener una compañera de juegos. Pero repentinamente, un destello de luz la envolvió y la niña dejó de estar ahí.

Giró su cabeza a todos lados pero ya no la encontró, la niña lo había mirado, pero ya no la encontró, no la vio en ningún sitio, no la encontró en los sitios recónditos del enorme patio donde vivía, no la vio jugando entre los árboles, o saltando entre los trozos de cemento que llenaba el lugar.

Suspiró y se retiró, dio la media vuelta y comenzó a correr como lo hacía diario, convertido quizá en un vaquero e imaginando tener una pistola en sus manos, recorrió la zona donde había algunas plantas ligeramente crecidas y que ocultaban parcialmente el color café del suelo y en ocasiones se llenaban de rocío.

Zum, zum, zum… corrió saltando entre las baldosas, derruidas, imaginando que a su alrededor había indios, que lo perseguían desde sus caballos, envueltos en el relinchar y en trote directo hacia él, se imaginó las flechas y los arcos, uno de ellos dirigía sus armas directas hacia él, con su mirada fría y una sonrisa salvaje en su rostro.

Saltó hacia un lado y la flecha pasó rozando, siguió disparando y vio cómo los indios caían, uno a uno, pero por encima de la gran barda que rodeaba su gran patio saltaron más y más caballos, todos llevando a los indios que lo perseguían. Imaginó las flechas pasando cerca de él y casi pudo sentir sus enormes botas, sus dos pistolas colgadas al cinto, con balas que nunca se agotaban, se imaginó que bajo el sombrero llevaba un antifaz oscuro y que nunca podían derrotarlo.

Llegó hasta la barda contraria y sus fríos ladrillos desprovistos de enjarre y vestidos con un color verde de humedad lo sacaron de su mundo de juego… escuchó las risas infantiles, escuchó los gritos de dos niños más allá de la barda, escuchó a sus amigos.

Y hábilmente trepó por entre los huevos de la barda y asomó su cabecita, al otro lado de la calle solitaria, en una casa humilde, con un patio al frente, había dos niños, a quienes siempre veía jugar, a quienes veía saltar la cuerda, patear una pelota, ponerse trozos de cobijas como si fuera capas y estirando los brazos simulaban volar por el cielo, para luego sumergirse en el mar y luchar contra los monstruos innombrables.

-Hey amigos, quiero jugar con ustedes, ¿me invitan? -no hubo respuesta, ni siquiera un gesto de que pudieran oírlo o de que les importara lo que dijera -, amigos, soy Rafael, quiero ser su amigo y jugar con ustedes, ¿puedo? -gritó el niño, pero al otro lado de la calle nadie pareció escucharlo, o quizá sí lo llegaron a escuchar, simplemente no quisieron compartir el juego con él, no quisieron verlo reír, tal como había sucedido con su papá.

Pudo ver a los chiquitines corriendo en su patio, desprovisto de pasto, por lo que bajo sus pies se levantaban finas capas de tierra, con un color café muy fino, que duraba segundos en el aire y luego descendía delicadamente, como si se tratara de una cobija sobre la cama.

-La traes -gritó uno de los niños y corrió hacia el lado opuesto, siendo perseguido por el otro, en medio de risas, uno de ellos se resbaló, cayó un instante, pero se volvió a levantar rápidamente, para seguir con el juego.

Rafael imaginó como sería si él pudiera correr con ellos, si él pudiera también estirar su manita y tocar la espalda de sus compañeros, correr por el patio, reír y saltar, luego ponerse una capa y convertirse en superhéroe.

Dibujó en su mente un instante con sus amigos, imaginó que en medio de su juego harían una pausa para tomar agua fresca y comer un pan y luego seguir, incansables, en medio de risas, en medio de gritos.

Y vio que de la casa salió una mujer, vestida con un pantalón de mezclilla y una camiseta blanca; lucía joven, pero sabía que era la madre de los niños, los llamó y les dijo que era hora de irse a cenar, los escuchó reclamar un poco pero bajaron los hombros y accedieron, entraron a la casa y apareció, en la ventana próxima, una haz de luz, aún no oscurecía, pero la mamá consideró pertinente prender el foco.

Rafael se quedó apoyado en la barda, sólo su cara sobresalía un poco en aquella vieja pared y se imaginó cómo sería entrar a la casa y sentarse a la mesa, sentarse con su familia, ver en las sillas próximas a sus amigos y comer el pan, el hotcake o el chocolate caliente.

Y luego irse a la cama, ponerse un pijama… él quisiera un pijama con la imagen de su héroe favorito, al que poco había visto pero siempre le había gustado, aquel que trepaba paredes y lanzaba algo de sus manos, con lo que podía colgarse de un edificio a otro.

Se dejó resbalar por la barda y volvió al piso pensando en ese pijama que quisiera tener, pero bueno, después de todo, tenía su ropa favorita, su camisa roja de manga larga y cuello redondo que siempre le había gustado, su pantalón de mezclilla y sus tenis nuevos.

Se sentó bajo un árbol y vio el trozo de piedra que sobresalía sobre el piso, tenía unas letras escritas y abajo unos números, no supo lo que decían, porque no sabía leer, estaba cerca de entrar a la escuela, donde su papá le había dicho que iba a aprender a leer y a escribir y que por fin iba a entender todo lo que decían esos signos que tanto lo intrigaban.

Recordó la emoción que sintió cuando su papá lo llevó al centro de la ciudad, rodeado de muchas tiendas y luces, con mucha gente caminando de un lado a otro. Recordó que entraron a una tienda y que vieron los aparadores, donde había muchos zapatos colocados.

Su papá le preguntó cuál le gustaba, recordó que miró su rostro y apreció una sonrisa, un gusto y entraron, él eligió unos blancos que le gustaron por las figuritas que llevaba a los lados, el rostro (o la máscara) de su superhéroe predilecto.

Adentro se sentó en una silla y su papa le dijo que se quitara sus zapatitos negros, ya estaban un poco rotos, pero él los quería porque habían sido sus compañeros de travesuras, habían aguantado sus saltos y ahora incluso ya casi no tenían suela, pero no importaba.

Se probó sus nuevos tenis y le gustaron más, su papá le preguntó si se los quería llevar puestos y él dijo que no, que los quería cuidar para que le duraran más, un poco más… su padre sonrió y al salir del lugar le entregó la bolsa con la caja que llevaba sus zapatos, y Rafa se sintió feliz.

-Estás contento Rafita -preguntó su papá mientras acariciaba su cabello un poco -, te prometo que pronto te voy a comprar más, pero ya ves que últimamente no hemos tenido mucha suerte.

Rafita sólo sonrió, luego su papá lo llevó a un sitio también grande y con mucha gente, ahí le compró cuadernos, plumas, colores, libros para colorear y varias cosas más que hicieron que el niño se emocionara y que anhelara entrar ya a la escuela, entrar por esa puerta que sólo había visto por fuera y que imaginaba como un mundo mágico por dentro.

Ese día fue muy feliz y recordó que esa noche durmió teniendo a un lado de su cama su caja de zapatos nuevos y claro, su más preciada posesión, su gallina de cuerda, colorida, pareciendo sonreír constantemente, prometiendo con su forma, juegos interminables y risas intensas.

Dejó de pensar al recordar a su gallina y miró al cielo, se estaba ya haciendo un poco oscuro y las sombras comenzaban a alargarse por el enorme patio, había en ese lugar una gran torre con una escalera en el centro, que terminaba en forma puntiaguda y que conforme se hacía más noche comenzaba a verse más oscura.

Se levantó y corrió hacia el sitio donde se encontraba la gallina de cuerda, cruzó el patio y pasó a un lado del árbol grande, vio el cuadro de cemento en el piso y el hoyo que se había hecho a un lado, justo por donde él cabía, entró deslizándose y se sumergió en la oscuridad, recordó que los primeros días le daba mucho miedo, pero con el tiempo dejó de ser así.

Allí estaba la gallinita de cuerda, un juguete con la forma de una gallina normal, pero de colores muy vivos, sus ojitos, pintados de azul, estaban abiertos de par en par, haciendo juego con la cresta del mismo color.

Antes, cuando se la regaló su papá, podía cargarla, girar la palanquita que venía bajo una de sus alas y hacerla caminar, correr tras ella, elevarla con sus manos cual si fuera un premio, delante de la sonrisa enorme de su padre, pero ahora ya no podía levantarla, no podía girar ese mecanismo para que caminara.

Se conformaba con abrazarla y con acurrucarse junto a ella, que había sido su fiel compañera, su fiel amiga, su juguete más amado, su mayor tesoro. Lo extrañaba, quería llevarlo al patio, hacerlo correr entre las finas piedras, mostrarle a sus amigos que estaban al otro lado de la calle.

Pero ya no podía cargarlo, no sabía por qué, se acomodó como siempre junto a él y cerró los ojos, y en su mente saltó el momento en que su gallinita había llegado a él, era muy pequeño, lo recordaba, y podía ver la imagen de su papá llegando a casa de su abuela donde lo habían dejado ese día.

Había pasado la tarde con su abuela, oyendo sus historias y tomando ese delicioso chocolate con espuma que le hacía, cuando al abrirse la puerta apareció su papá con una caja en las manos, lo miró sonriente y le dijo que se acercara, se sentó sobre la cama que estaba en el cuarto contiguo y le entregó la caja.

El pequeño la destapó ansioso y encontró la gallinita, con su pico de color rojo y sus ojos, alegres, su papá la sacó y le explicó: -Mira, gira esta palanquita y luego pones a la gallinita en el suelo y mira…

La gallinita caminó en círculos, dio tres vueltas y se detuvo, al son del grito de emoción del pequeño quien se bajó de un brinco de la cama y la tomó entre sus brazos, la acercó a su pecho y la acurrucó abrazó a su padre y enseguida hizo lo que más le gustaba hacer, jugar, jugar hasta quedar dormido y al despertar, de nuevo en su casa, con su nueva compañera a un lado.

Pero ahora, sólo podía acurrucarse a un lado de ella y cerrar los ojos y dejar que brotaran de nuevo los pensamientos que noche a noche llegaban y que lo acompañaban, que lo hacía volver a revivir esos instantes, los instantes antes de que se durmiera, los instantes donde sólo su corazón con un latido constante se escuchaba.

Con los ojos cerrados recordó que con ansias contaba los días para su ingreso a la escuela, miraba sus tenis nuevos y se imaginaba vestido ya con su pantalón, su camisa y luciendo los tenis blancos con los que podría correr y brincar y cargar su mochila con cuadernos, libros y lápices.

Pero antes de esto se había dormido, de repente se había dormido y había despertado en ese inmenso patio, rodeado de árboles, la mayoría pequeños y esos cuadros de cemento, muchos de los cuales ya se encontraban en ruinas, desbaratándose y dejando su polvo alrededor.

Recordó que al despertar notó que traía puestos sus tenis y eso le dio emoción, corrió en el lugar feliz; era un sitio grande y si bien no era muy bonito, al menos era algo diferente a lo que siempre hacía o a los lugares a donde lo llevaba.

Vio a su padre, delgado como siempre, pero en su rostro había algo raro, quizá estaba molesto porque había estado corriendo con los zapatos nuevos, sus ojos estaban rojos y vestía un viejo saco negro.

Sintió un poco de miedo de acercarse a él, porque lo fuera a regañar o le fuera a decir algo; nunca le había pegado, pero había visto que había algunos niños a los que su padre les pegaba, igual que había visto algunos niños que tenían mamá y su papá nunca le había podido responder por qué él no la tenía.

Se alejó algunos pasos, pero no lo perdió de vista, había poca gente, luego se fueron dispersando y lo dejaron solo, pudo ver a su abuela que llegó y abrazó a su papá, suavemente le dijo -Miguel, no te preocupes, todo está bien.

Su papá se quedó parado, varios minutos, casi sin moverse, apenas respirando, con la mirada perdida y la tristeza dibujada en el rostro.

Luego comenzó a caminar, se fue acercando a la puerta, Rafita corrió tras él, gritándole que lo esperara, que si quería podía quitarse los zapatos, que no era su culpa, que había despertado con ellos puestos… Corrió y alzó los brazos hacia su papá, y le gritó, pero él ni siquiera volteó, ni siquiera lo miró.

Salió del sitio y la puerta se cerró dejando el grito ahogado en la garganta del niño, la súplica convertida en una frase ¡No me dejes, papa!

Texto perteneciente a: Eterno Invierno

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Ignacio Aceves

By |2018-01-22T12:57:38+00:00enero 22nd, 2018|Relatos Alféizar|0 Comments

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